MI SEGUNDO INGRESO
Era bastante previsible que no aprobara ninguno de los ingresos y así fue. De todos modos ésta experiencia fue definitoria ya que esta vez decidí hacer mi carrera en El Salvador.
Mis razones fueron:
a) LA ORIENTACIÓN: pese a que la facultad estatal, pasaba por un muy buen momento académico, ya que las autoridades surgidas de la Revolución Libertadora y posteriormente con Frondizi, le dieron un vuelco de seriedad propia de una Universidad, en el caso de medicina, un ingreso muy restrictivo y por otro lado una orientación verticalista netamente marxista. (Digo verticalista pues desde el Rectorado -Rizzieri Frondizi- hasta los centros de estudiantes se presentaba esa orientación).
b) LA CAMARADERÍA: Mi experiencia en la UBA no fue buena. Como oyente me acoplé a una comisión de unos 200 alumnos. Íbamos toda la mañana lunes, miércoles y viernes y pese a tener un horario tan extendido y durante 3 meses había una total indiferencia entre los estudiantes y creo que nadie llegó a conocerse. En los dos meses que fui al Salvador encontré un clima distinto, una gran camaradería, todos eran conocidos, se reunían, eran como una gran familia.
c) MIS PRINCIPIOS: Si yo había defendido en la calle la enseñanza libre (es decir, que el Estado perdiera el monopolio de la enseñanza universitaria) no podía ahora, llegado el momento borrarme y no correr los riesgos de ingresar en una Universidad creada a partir de los principios por los que había luchado. Conceptualmente estaba en desacuerdo con el gobierno tripartito. No me parecía razonable que los estudiantes tuvieran voz y voto en la administración de la Universidad. Creía que el alumno debía tener opinión y ser escuchado por los docentes y ese era el tema que el P. Rodríguez Leonardi nos decía cuando nos hablaba en el secundario.
Había ocurrido en mí un cambio muy importante. De ser un buen atorrante en mi adolescencia, ahora, ya joven, era un contraído y disciplinado estudiante universitario.
El curso iniciaba en agosto y probablemente por la gran cantidad de postulantes se creó otra comisión que comenzó en noviembre. Entre las dos comisiones seríamos unos 400 alumnos.Esta vez las clases teóricas se daban en el Salón de Actos del Colegio Santa Rosa en la calle Bartolomé Mitre, y los prácticos en la facultad en Callao. Recuerdo como ayudante de anatomía a Marta Delfino y de Histología a Alicia Farinati, aunque hubo otros. Una de las bedeles era una salteña fantástica, Margarita Cornejo. La otra lamentablemente no me acuerdo Cuando dimos los parciales de diciembre, tengo en la memoria a Jorge «Papi» Isola cuidando que no nos copiáramos, paseando su tremenda figura entre los bancos.
El hecho de haber cursado una vez el ingreso me dio las pautas de qué era lo que había que saber a la perfección; por ese motivo y también por haber estudiado como un burro me colocó entre los primeros puntajes. Esto me sirvió para que la cátedra de anatomía me ofreciera si quería colaborar enseñando a los que ingresaban en el segundo tramo del ingreso que se cursaba en verano. (De esa comisión recuerdo solamente a un estudiante: Sorrentino, que no ingresó). Desde ese momento quedé «enganchado» con la Cátedra.
Los docentes seguían siendo los mismos, lo único que cambió fue la inmensa cantidad de cursantes.
Un hecho advertí, y fue que muchos alumnos, que habían ingresado en el curso 58/59 habían desertado antes de terminar de cursar el año, esto había pasado más entre las mujeres. Me dio un poco de bronca haber quedado afuera y que ellos ingresaran y abandonaran en primer año.
Tengo presente el día que publicaron los resultados del ingreso, yo estaba bastante seguro que me había ido bien, pero como era por puntaje uno nunca podía tener la certeza. Mientras me buscaba en la lista, una intensa sudoración iba empapando mi ropa (riguroso traje de verano beige, camisa y corbata). Había ingresado 8°.
PRIMER AÑO
No puedo ocultar mi emoción al recordar cuando me planté frente al transparente de primer año para ver en qué comisión estaba y cómo eran los horarios de las distintas materias. Diría que había completado un ciclo e iniciaba otro, el que definiría mi vida. Desde que tuve opiniones propias pensé que el primario y el secundario eran un largo y aburrido puente, inevitable de pasar, para llegar a una meta resuelta casi desde mi infancia: LA UNIVERSIDAD.
De todos modos lo había traspuesto bastante bien: un colegio (El Salvador) que era mi segunda casa, una buena dirección espiritual, grandes amigos, mucha vagancia, pocas materias eximidas y múltiples amonestaciones. Pero un genuino sentido de lealtad y compañerismo. Varios malos momentos dados a mis padres ahora compensados con: “el nene sentó cabeza”.
Muchos hechos habían dejado su marca: vivir en una dictadura (Cultura Ciudadana), el enfrentamiento Perón- Iglesia, la quema de la Templos, amigos presos, la conocida defensa del Colegio en dos oportunidades (Dios puso su mano y en ambas quedó sólo en tentativa), la circulación de los panfletos, la caída del régimen peronista, la revolución húngara, las pegatinas, laica y libre... y otros que no me vienen a la memoria. Éramos jóvenes muy politizados, muy comprometidos. Perdón por la digresión pero creo que es como una puesta al tanto.
El plan de estudios contaba con tres ciclos:
1. Médico (se cursaban las materias médicas),
2. Sanitario (Medicina Preventiva y Social) y
3. Humanista (donde se veía filosofía, psicología y teología). Dentro del ciclo humanista se agregó a fin de año Artes Plásticas que dictaba la Sra de Perazzo, causó un gran revuelo porque era los sábados a la tarde y a los alumnos nos parecía una materia inútil, fuera totalmente de la educación médica y en un horario horrible. Fue una de las protestas más grandes que hubo, que como la mayoría, no prosperó. Ahora, pasados los años, pienso que fue la primera oportunidad que tuve de ver un cuadro, escuchar su interpretación, conocer algo de la historia del arte y saber quién fue, por ejemplo, el Fra. Angélico.
La novedad era que dentro del ciclo médico se cursaba Matemáticas en primero y segundo, para llegar en tercero a Bioestadística. También novedoso con respecto de la UBA era que la asistencia a teóricos y prácticos era obligatoria y se necesitaba el 75% de asistencia para ser alumno regular, además de haber aprobado los parciales.
Las materias básicas de primero, anatomía e histología estaban unidas en un llamado «INSTITUTO DE INVESTIGACIONES ANATOMO-HISTOLÓGICAS». (Hay que reconocer que la facultad no se ahorraba en títulos). El Dr. Luis Dellepiane, quien en 1948 fue profesor titular en la UBA reemplazando al Profesor Pedro Belou, era el director y el Dr. Lloveras profesor ordinario; el director del departamento de Histología era el Dr. Vasena. La tercera materia del ciclo médico era Química orgánica que estaba dividida en dos: Química I que se cursaba en primer año y Química II en segundo.
Anatomía: el titular era Dellepiane (traumatólogo del Hospital Tornú, pabellón Torello), se lo veía poco, en principio para los exámenes. Nos dictó todas las teóricas de las vías de conducción del sistema nervioso. Tengo una anécdota: era día de parcial de anatomía y al pasar por la Iglesia entré para pedir la intercesión divina. Me quedé en el último banco y de pronto noto que alguien se coloca a mi lado... era Dellepiane. En parte era la síntesis de lo que esperaba de esa facultad.
Los otros docentes eran el nombrado Lloveras cirujano del Instituto de Cirugía de Haedo, nos dio una teórica sobre el conducto inguinal para la mejor comprensión de la génesis de las hernias inguinales que fue un galimatías. Torturaba a los alumnos en los exámenes con la anatomía de la mano, tema bastante intrincado. Fui una de sus víctimas, pero salí airoso... de todos modos, dar examen con él... era de terror. Otro docente era Funes de Rioja cirujano de no recuerdo qué hospital, que nos dio un teórico sobre diafragma, tema arduo si se quiere, considerando que eran nuestras primeras letras anatómicas. Un tipo fantástico, apasionado, quedó grabado en mi memoria explicando los agujeros del diafragma: al hablar del aórtico después del esofágico dijo con gran vehemencia, -señores, porque la aorta, la aorta..., no tiene porqué moverse!-. Dibujó, gesticuló, enfatizó y terminó su exposición con el rostro manchado con tiza de color. En los exámenes nos alentaba y participaba con cierta admiración si le contestaban bien.
La cara visible y responsable de la organización de la Cátedra era Oscar Ángel Sepúlveda, un colombiano joven, serio, ya graduado, que estaba preparando su tesis sobre el nervio facial. Varias cabezas, más de veinte, habían sido prolijamente disecadas por él. Una de sus características era su voz de bajo que parecía provenir de una caverna, -los musculus del muslu-. Otra de las que hacían funcionar la cátedra era Elba Albertinazzi (sería de la primera o segunda promoción) y siempre estaba trabajando, o disecando, dando práctico, haciendo planillas. En ese momento nos parecía tan distante, la tratábamos de usted y le teníamos un respeto similar al de Oscar Ángel. Había también dos ayudantes más que no eran estudiantes de nuestra facultad y que estaban avanzados en su carrera: uno López Pardo y la otra era Alicia Benazar. Ambos tenían comisiones y tomaban los coloquios y parciales. (Coloquios eran como parcialitos, dimos dos o tres en el primer trimestre). En total éramos cinco comisiones de doce alumnos, cada una tenía un ayudante avanzado y otro de segundo año. Los de tercero eran: Mecha Egozcue (que era la mía). Mabel Bianco, Ovidio Ridruejo. Los de segundo Jorge Isola, Raúl Mango, Jorge Colombo (que también era de mi comisión), Emilio Cano, Miguel Chiappe, Marta Delfino, Guillermo Felgueras, Susana Villa. Aclaro que no son todos, si no los que recuerdo.
Otra de las experiencias inolvidables fueron las disecciones. Las iniciamos después de haber dado el primer parcial, locomotor. Una vez por semana toda la mañana de 8 a 12 hs. En total serían alrededor de 20.
Lo primero era sacar los cadáveres de las piletas con formol, como la mitad aproximadamente de los alumnos eran mujeres nos tocaba a nosotros la tarea. Cada cadáver tenía una soga atada al tobillo con una chapa de metal con un número para identificarlos. En parejas disecábamos miembro superior e inferior completos. Cada comisión tenía dos ayudantes que nos interrogaban sobre la región que disecábamos y que debíamos haber preparado. Todo dentro de un gran respeto y mucha camaradería aunque no carente de humor y con las consabidas bromas. Mi compañera era Beatriz Ruibal. Había un descanso en que todos íbamos a Nardone (los 7 hermanos Nardone y la hermanita) una heladería, cafetería y demás que quedaba en la vereda de enfrente, una institución tanto en el Colegio como en la Universidad. Dentro de esta había un bufet que funcionaba sólo de tarde, así que las disecciones que eran de mañana nos obligaban a ir a Nardone. Este «recreo» era una parte importante de las disecciones.
Muchas anécdotas se podrían contar de estas prácticas, comenzando por la compra de la caja de disección que nos hacía sentir «casi cirujanos». Una de ellas: una pareja había disecado el accesorio del safeno externo, una pequeña proeza, otro compañero, con toda torpeza, lo tomó con su pinza y se lo rompió. El examen final era -por lo menos el mío- con tres profesores: con Dellepiane de locomotor, con Lloveras neuro y con Funes de Rioja esplacnología. El libro: Testut y Latarjet y el Testusito como para un repaso.
La cátedra tomaba alumnos que habían aprobado la materia con buena nota y previo examen de selección y los nombraba monitores que era el primer grado de ayudante de cátedra. Era un examen serio con todos los profesores, el jefe de trabajos prácticos, Oscar Ángel, y los ayudantes viejos. Yo había sacado 7. Conmigo pasó algo poco común. En mi segundo ingreso, dábamos osteología y me había ido muy bien, por lo que me pidieron que les diera anatomía a los que entraban al curso de ingreso en el verano para que yo los pusiera al día. Desde entonces quedé enganchado en la cátedra. Cursando primer año me seleccionaron para que les diera osteología a los del curso de ingreso, así que el examen para ayudante después de aprobar la materia era para mí una “papa”. Me toco rombo poplíteo y di un examen… desastroso (una gran batata cosa que habitualmente no me pasaba). Según chimentos ingresé porque Oscar Ángel hizo fuerza, pues si fuera por los profesores no entraba. La cátedra se transformó en mi tercer hogar (mi casa primero, segundo la facultad) hasta que me toco la colimba.
Histología. El titular era Jorge Vasena. Entre los antecedentes que se contaban estaba el haber trabajado con Bernardo Hussey. Vasena sufría una enfermedad desmielinizante que lo había confinado a una silla de ruedas, y como la cátedra de histología quedaba en el primer piso había que subirlo y bajarlo a pulso por las escaleras; Vasena iba todos los días. Histología estaba dividida en cinco materias: histología propiamente dicha, embriología, genética, hematología y neurología. Histología tenía una jefa de trabajos prácticos que era muy buena Maria Otilia Conforti, era el «alma mater» de la cátedra, creo que estaba recibida o le faltaba muy poco. Daba los teóricos con una gran calidad docente y mostraba gran conocimiento de su materia. Vasena también nos dio algunos teóricos pero fueron bastante malos ya que no tenía, por los menos en ese momento y tal vez por su enfermedad, mucha capacidad docente. Las prácticas eran una por semana y duraban varias horas. Éramos 10 por comisión cada uno con un microscopio. Los ayudantes, la mía era Delia Pistol de 3er año, nos daban primero una parte teórica y luego la parte práctica. Al igual que en el ingreso teníamos que dibujar lo que veíamos en el microscopio y así formábamos una carpeta con los prácticos. Como habíamos visto histología general (citología y los tejidos básicos) en el ingreso entramos directamente a la parte especial es decir aparatos y sus órganos, usábamos la Histología de Ham como bibliografía.
Embriología su titular era Obiglio. Tengo entendido que era odontólogo, fue un desastre, nos dio unas pocas clases muy teóricas, sin iconografía, todo muy difícil de entender, ya que la embriología sin imágenes es muy complicada. Tengo un recuerdo: trajo un día (uno de los pocos días que lo vimos) un feto muerto de término con su correspondiente placenta y cordón. Fue la primera vez que vi un feto de término. Como promediaba el año y no habíamos visto casi nada, iniciamos una protesta. Se veía que nadie se animaba, entonces la comisionaron a Alicia Farinati, alumna de 2° año, ayudante de la cátedra, e hizo toda la carrera docente hasta profesora emérita, que era un cráneo y explicaba fantásticamente. Gracias a ella recibimos algunos conceptos y pudimos llenar la laguna. Estudiábamos con la «Embriología» de Arey, pero terminamos con un librito reducido y muy didáctico cuyo autor no recuerdo.
Un aparte para Alicia Farinati. Le decíamos María Luz, la niña genial que inventó Roberto Battaglia y que salía en Patoruzú, a ella no le gustaba, pero nosotros se lo decíamos con gran cariño y respeto. Era una «traga» (como se decía en aquellos tiempos), fue nuestra ayudante de histología, nos desasnó en embriología y la repetimos en 3er año en bacteriología. En todas brillante. Tenía un temperamento rebelde, recuerdo que no quería dar la reválida pues decía que no necesitaba titulo habilitante porque se iba a dedicar sólo a la docencia e investigación por lo que le alcanzaba con el título académico. Se transformó en un referente, me atrevería decir internacional, de la bacteriología ginecológica. Hizo toda la carrera de docente desde ayudante a Profesora emérita. Después dio la reválida en algún momento pues tiene matrícula Nacional. Debe tener un Doctorado... ó varios…
Hematología era todo un tema. El profesor titular era Victor Grignaschi un hematólogo del Htal. Rivadavia (discípulo de Miguel A Etcheverry presidente de la Sociedad Argentina de Hematología) y él mismo, posteriormente, también presidente de la nombrada Sociedad. y el Dr. Raúl Devoto como adjunto. Un joven médico Alfredo M. Sperperato y la Dra. eran los docentes. Grignaschi era un pionero en la citoquímica y con eso nos daba con todo. Tenía una personalidad explosiva. Una anécdota: Desde el inicio de las clases una compañera, Margarita Cornejo, tenía la misión de avisarle al profesor que se había acabado la hora para evitar las superposiciones de horario. En la primera clase de Grignaschi, que se extendió generosamente, le avisó que se había terminado la hora y él, en un tono destemplado le dijo -¿quién la comisionó para decirme cuándo debo terminar la clase?-. Otra vez un alumno lo interrumpió para hacerle una pregunta, cosa habitual pues todos los profesores pedían que los interrumpiéramos si teníamos dudas. Grignaschi, de muy mal modo, le dijo que era una clase magistral y no se podía interrumpir;, si había dudas al final se debían aclarar. Los exámenes eran tremendos, y contestar mal una pregunta -tal vez la primera- podía ser el fin del examen con un uno. Por supuesto aprendimos hematología como nadie y las reacciones citoquímicas ni les cuento. En aquel tiempo el Dr Grignaschi estaba haciendo un trabajo sobre cromatina sexual y pidió a sus alumnos (eran los de la tercera promoción) si querían ser voluntarios. La práctica consistía en una pequeña biopsia de más o menos 2 cm por 1cm de piel de la región anterosuperior del muslo. Se cerraba con agrafes no muy estéticos, de modo que todos los voluntarios quedaron con una cicatriz identificatoria, Susana la tiene. Se han contado historias de reconocimientos por esta cicatriz.
Una anécdota: algunos alumnos de la 4ª promoción andaban mal y Grignaschi les ofrece un repaso en el Hospital Rivadavia. Un grupo de compañeros fueron para allá. Además de repasar tenían la inconfesada intención de «hacerse ver» para mejorar la imagen. Grignaschi les ponía un elemento en la punta de el «pelo» del microscopio y secamente les decía: policromatófilo, por ejemplo, todos desfilaban asintiendo con la cabeza. Hete aquí que alguien movió la platina y el elemento desapareció, por supuesto nadie se animó a decirle al profesor lo que había ocurrido. El último en mirar fue Chichín García Morán... Grignaschi volvió al microscopio y con voz tonante dijo -¡se puede saber que están mirando ustedes! -. Ahora pasados mas de 60 años de lo que cuento parece una hecho sin importancia, pero en aquel momento y con Grignaschi era como «la muerte civil» de los responsables. Como extracurricular se dedicaba a la caza mayor e inclusive tiene un libro sobre el tema.
El Dr. Ortiz de Zárate, excelente docente y excelente tipo nos dio genética unas cuantas clases teóricas y neurohistología con unos preparados -decían que habían pertenecido a Jakob- que eran una maravilla. El final de Histología consistía en un paseo por las distintas mesas (en la facultad no se sacaban bolillas de modo que podían preguntar de todo). No te salvabas de Vasena, Grignaschi (si tenías suerte podía ser Devoto) y Ortiz de Zárate. Era realmente muy exigido.
Alois Bachmann fundador y primer presidente de la sociedad argentina de inmunología nos daba inmunología, lo hacía en la Academia de Medicina, donde estaba instalado el laboratorio, era un tema complejo pero nos puso en onda en un asunto realmente novedoso.
Bioquímica era la tercera materia médica, que como dije estaba dividida en I: general, hidratos de carbono, lípidos y proteínas (que se veía en primer año) y II que era los correspondientes metabolismos ( en segundo). Nuestro profesor fue un bioquímico Rolandi que explicaba muy bien pero era una ametralladora y cubría el pizarrón de fórmulas y con nuestro afán de tomar apuntes siempre estábamos desfasados, empezaba a borrar y era un solo lamento. Pero aprendimos...
Prácticos hicimos muy pocos, vimos un foto colorímetro y cómo funcionaba. Usamos como texto Deulofeu y Marenzi.
Matemática. En este aspecto creo que fuimos pioneros o por lo menos innovadores. El plan consistía en ver matemática en 1° y 2° para llegar a 3° donde estudiábamos bioestadístca. La intención era que los médicos deberían hacer sus propias estadísticas y también saber interpretarlas. Como en la orientación de la Facultad había una inclinación hacia la investigación, era imprescindible conocer ésta materia.
El profesor era Manuel «Manolo» Martínez Prieto ingeniero sanitario, exalumno del Colegio (medalla de Oro) un tipo macanudo que nos metió en la cabeza desde “el concepto de suma” hasta integrales. Para los aspirantes a médicos la matemática, en general, era una materia odiada, pero Manolo logró que conociéramos y entendiéramos temas que ni siquiera habíamos soñado, pero en algún rincón de nuestra mente nos surgía “y esto, ¿para qué nos sirve?”. Para mí un gran tipo que nos «abrió el cerebro», y además fue el único 10 que me saqué en la carrera. Fue él, la primera persona, por lo menos en lo que a mí atañe, que nos habló de ecología (creo que ese término todavía no sé si existía). Me acuerdo que nos dijo algo que ahora parece muy evidente pero que nunca me había planteado. “Donde vive el hombre arruina el ambiente”. y habló de la contaminación de las napas, de los hidrocarburos etc.
Materias humanistas
El entonces sacerdote jesuita P. Juan Rodríguez Leonardi (nuestro decano) había entrado en la compañía siendo ya médico. Los jesuitas cuando veían a algún sacerdote que tenía buena madera lo mandaban a estudiar a Europa o a EEUU. En Europa estudió en los mejores centros psicológicos, nos daba Psicología I. Nos dio la teoría freudiana. Todo lo relativo a la teoría de los instintos, complejo de Edipo y las diferencias con Adler y Jung. Estaba muy entusiasmado con Freud, pero éste tenía algunas teorías críticas bastante duras con las religiones. Pienso ahora que este era el primer curso de tres, psicología II y III,) que estarían concatenados y llegaríamos a un conocimiento más orgánico. Lamentablemente no fue así. Con “el cura” como lo llamábamos nos pasó algo que en ese tiempo era novedoso. De un día para otro dijo que iba a, creo, EEUU para algún tipo de perfeccionamiento, y se fue. Me acuerdo que hicimos una colecta y le regalamos una lapicera Parker. Cuando la recibió hizo un comentario irónico, pues nosotros lo criticábamos porque era bastante arbitrario (aunque aclaro no es el término exacto). Tiempo después nos enteramos que se había reducidoy se había casado con Mirita Del Sel secretaria de la carrera de Psicología. Lo reemplazó como decano el Dr. Horacio Rodríguez Castells, neumónologo, que fue ministro o secretario de salud de algunos gobiernos de facto. Ejerció el mandato hasta 1969. Fue el que me firmó el título.
Rodriguez fue el primer sacerdote que conocí que se había reducido y como entre las obligaciones que contraía (y en aquellas épocas se cumplían) era que no frecuentara los lugares habituales donde desenvolvía sus actividades como sacerdote, desapareció. Lamentablemente lo siguieron un montón de sacerdotes, entre ellos muchos jesuitas, algunos entrañables maestros y amigos, pero así fue. Muy posteriormente cuando la facultad cumplió 25 años, los vimos nuevamente en el acto que se hizo. Supimos que él había formado una familia cristiana muy numerosa y que con su esposa Mirita (María Edelmira Del Sel) organizaron y dirigieron el Centro de Formación Permanente San Roberto Bellarmino.
Filosofía I realmente se me ha ido totalmente de la memoria. En la libreta universitaria figura un Prof. J. Prado que no recuerdo.
Comentarios: Los que se fueron. Varios compañeros habían iniciado las dos facultades pero rápidamente dejaron El Salvador y siguieron con la UBA. Me acuerdo de Raimondi, Baldi, Chiappe que creo se fue a la de Córdoba, el fraile Felgueras. Guillermo Felgueras merece algunos renglones. Era ex-seminarista y muy religioso por lo que se ligó rápidamente el apodo de “fraile”, dicho con cariño. Tocaba la guitarra y tenía mucha empatía sobre todo con las chicas. No se cómo, pero tenía una conexión con la TV y las llevaba como coro, ( Susana fue parte de ese coro) para tocar la guitarra en la Misa que se televisaba los domingos.(¡qué tiempos!). También fue él quien conversó (¡en latín!) con el Abbe Pierre cuando nos visitó .
Estas pérdidas de compañeros nos producían cierta ansiedad y recelo, ya que todavía la ley de Universidades Privadas no estaba reglamentada. ¿Sería seguro continuar en la del Salvador?
A esto se agregaba un malestar que había entre los alumnos porque, aunque estábamos en contra del gobierno tripartito, no éramos escuchados. Cuando ingresamos se nos hizo elegir una especie de tutor ético-intelectual o algo parecido. Yo elegí a Funes de Rioja que me había encantado por su modo de ser, aunque nos dio muy pocas clases...nunca me llamó. Había deficiencias, algunas no pequeñas, (por ejemplo embriología) que nos preocupaban.
Cuando ingresamos nosotros, ya estaba funcionando el L.E.M.S. (Liga de Estudiantes de Medicina del Salvador) una agrupación más orientada a lo social, pero que fue eje de algunas discusiones teóricas. En fin, el malestar estaba, había deficiencias y no nos escuchaban, teníamos la sensación que la facultad se manejaba como «la estancia» y el mandamás era el «Cura».
Seguían los bailes (tipo asaltos) en las casas de familia y los picnic en al quinta que tenía el Colegio en Ituzaingó. Tambien recuerdo la quinta de Maria Gracia Caleti (Mariagrazia) en San Isidro donde fuimos varias veces. La casa de Anita Scarlatti donde hicimos varias reuniones. Perdón por los que puedo olvidarme. Realmente nos divertíamos y eso aumentaba la confraternidad entre nosotros. Lógicamente eran un grupo grande, siempre los mismos, los que concurrían. Había otros, más alejados.
Medicina Preventiva. Tengo pocos recuerdos, las clases eran muy charladas, hice una especie de monografía de biotipología.
Agrego este hecho en primer año, pues casi seguro que ocurrió en 1960: Recuerdo previo; La UCR se había dividido en Intransigente que respondía a Frondizi (que sacó en las cámaras el proyecto Domingorena que permitía la creación de Universidades Privadas) y del Pueblo que lideraba Balbín y era la continuación del viejo radicalismo laicista. En el fondo eran todos radicales. No sé quién presentó un proyecto en el Concejo deliberante, por el que se prohibía a los estudiantes de medicina de universidades privadas hacer las prácticas en hospitales municipales, estos eran sólo para los alumnos de la UNBA, nos partía por el medio, pues era
insoñable que el Salvador tuviera un hospital escuela. Fue el último manotazo de ahogado de la “laica”. El concejo deliberante estaba conformado por radicales, la mayoría intransigentes, después del pueblo, socialistas y un demócrata cristiano que era Salvador Busacca. Nuestro compañero Cesar “Lolo” Rodriguez era activista de la DC y muy conocido de Busacca. Éste le había sugerido que fuéramos un grupo grande a las tribunas para aplaudir los discursos de los que estaban contra el proyecto que estaba apoyado por UCR del Pueblo y los socialistas y nos consiguió entradas. En aquella época ni soñar otra cosa que aplaudir, no los quilombos que hacen ahora. Fue para mí una experiencia especial, ver la política en acción. Estábamos en las gradas atrás de Busacca así que nos hacía jugosos comentarios. Nos contó por ejemplo que los intransigentes (viejos radicales laicistas) tenían la directiva de defender el proyecto de la libre que era de Frondizi, por lo tanto los hospitales eran públicos y todos los estudiantes tenían derecho a la práctica en sus instalaciones y por supuesto con sus enfermos para la enseñanza (que era libre). La vehemente defensa de la enseñanza libre emocionaba. Había un concejal Garibaldi (puede que falle los apellidos) que tenía un vozarrón impresionante. Cuando se armaba un tole tole el presidente de la reunión tocaba una campanilla y si no tenía éxito en imponer silencio ponía una campana eléctrica que atronaba, pero este Garibaldi seguía hablando y se escuchaba por sobre la campana. Los debates fueron a muerte y al final perdió el proyecto que nos dejaba afuera, así que seguimos usando los hospitales municipales. Tengo entendido que después se llegó a un arreglo.