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Juan Manuel Sáenz Cavia “Las crónicas"

A manera de prólogo    El hallazgo de mi libreta universitaria fue el empujoncito que necesitaba para hacer este escrito. No lo puedo llamar...

11 de mayo de 2026

Juan Manuel Saénz Cavia - "Las Crónicas" vol V

TERCER AÑO

   Fue mi año más complicado. El 2 de febrero fui incorporado al ejército, a la compañía de Servicio y Abastecimiento del Hospital Militar Central Cirujano Mayor Dr. Cosme Argerich. Esta es historia mía, personal y muy aburrida, pero igual la voy a contar. Por suerte no me quedó ninguna materia para marzo así que pude disponer de febrero y marzo para hacer la instrucción militar me ocupaba mañana y tarde y volvía a la nochecita reventado. En abril nos dieron los destinos de modo que podíamos acomodar nuestra vida. En ese momento empezaban las clases.

   Me había encarajinado (perdón ) en no perder el año. Me acomodé muy bien gracias a un amigo de la clase saliente. Fui al servicio de cirugía de mano dependiente de traumatología de Jefes y Oficiales del médico López Barrios, gran tipo si los hay. Lo acompañaba un médico civil, también traumatólogo y también buen tipo, Pigni Garzón. De modo que de 5.50 am ( hora que entraba) hasta 7 am dependíamos de la Compañía. Desde las 7 am hasta las 13 pm estaba en el servicio, de ambo y el trato de enfermero. A las 13 hs nos soltaban a veces hasta el otro día (los menos), pero casi todos los días hasta las 16pm y ahí sí, hasta el otro día. Cada 3 a 5 días de guardia de prevención: 24 horas de soldado.

   Anatomía patológica: El tercer año empezó mal. Croxatto ( jefe de patología del Muñiz, un capo) que era el profesor de anatomía patológica, con el cual nuestros compañeros del año anterior estaban muy contentos, había renunciado. En histo nos dio una clase sobre histología del alvéolo pulmonar, pues él compartía con otros histólogos la teoría de la existencia de un poro (el poro alveolar). Tenía una facha estrafalaria, el delantal no veía el lavarropa desde hacía meses y el bolsillo del pecho gris de tanto sacar y poner la birome. Vino con un discípulo que le hacía funcionar un proyector de diapositivas casero. Lamentablemente cosas que pasaban en la facultad. El año empezado, y sin profesor. A mí me vino muy bien pues era un alivio, una materia menos. Por fin, en junio, apareció Bramendi, patólogo del Registro Nacional de Patología. Tenía 6 meses para dar una materia muy extensa por lo que, no vimos todo el programa. Presenciamos y participamos en varias autopsias, siete u ocho. Beramendi dictaba lo que veía y algún alumno, generalmente Mario Díaz que tenía una letra perfecta tomaba nota. Le gustaba hacer bromas, aprendíamos y nos divertíamos. Teníamos dos ayudantes que eran médicos: Deschamps y Besuchio…que eran también muy didácticos.

   Microbiología: El profesor titular era Casimiro Rechniewki, un bacteriólogo, título que creo no existía más. La bacteriología la hacían los bioquímicos o los médicos. La materia consistía en Microbiología; Parasitología que la dictaba Pedro Garaguso; Inmunología la dictaba Aloise Bachamann, micología y virología.

   Arrancamos con micro. Nos dio algunas teóricas y nunca más lo vimos. Pero esta materia nos preparaba una sorpresa. Alicia Farinati y José María Casellas armaron un laboratorio, en un sucuchito del entrepiso del antiguo internado donde cabían cómodamente 10 microscopios, estufas y todas los demás elementos para un laboratorio de microbiología. Ellos habían confeccionado una guía de trabajos prácticos en la que estaba todo lo que necesitábamos desde el Gram hasta el Ziehl Nielseen, siembras, cultivos en medio líquido, placa, hasta reacciones químicas para identificar el germen. Cuando les contaba a mis colegas que nosotros en la facultad sembrábamos, identificabas gérmenes, detectábamos TBC no lo podían creer. El nivel académico era de lo mejor.

   Teníamos prácticos semanales. Como ya comenté, Alicia hizo toda la carrera en la facultad hasta Profesora Emérita.

   Parasitología: La daba Pedro Garaguso, parasitólogo de la Casa Cuna. La dábamos en una especie de salón separado del resto del edificio donde tenía el laboratorio y un aula exclusiva para él. Era el día lunes toda la mañana, (me acuerdo bien pues mi jefe en el Hospital Militar me daba permiso para salir toda la mañana con tal de estar para las 13 horas que era la formación). Era un investigador, y en ese momento, estaba, entre otras cosas, con la toxoplasmosis que era una novedad. Derecho como una tabla tanto física como moralmente. Si se enteraba que estudiabas por el libro de Rey Millares te “mataba” pues decía que era una copia del texto anterior de Greenway y era verdad (hasta el ilustrador Ramón Rey era el mismo). Algo pasó en la UBA durante el primer gobierno de Perón pues Millares escribió el libro en 1948 y a Greenway creo que le pasó lo mismo que a Houssay.

   Volviendo a la cátedra, Garaguso era muy buen docente, aunque algo excéntrico, tenía un laboratorio completísimo y nos creó conciencia de la importancia de la parasitología. Un día lo trajo a Llambías, un cirujano pediátrico de nota (jefe de servicio) para hablarnos de hidatidosis. En esa época Garaguso estaba experimentando también con lo que él llamaba “tratamiento biológico de la hidatidosis” basado en inmunología para quistes inoperables. Consultado sobre el tema Llambías, en tono de broma dijo “los engorda”. Garaguso le siguió la chanza. El primer parcial nos entregó una hoja con 150 preguntas (me acuerdo el alboroto), Miguel Hoffmann terminó primero, en más o menos una hora, yo segundo, siempre apurado para faltar lo menos posible al servicio.

   Farmacología: Lo tuvimos a Matías Martínez. (Voy a hacer un esfuerzo para ser lo más parcial posible.) Materia árida y difícil si se quiere. Lógicamente las clases eran teóricas, estudiábamos por Litter. Sigo con Martínez, era médico del Tornu, creo que especializado en tisiología. Realmente el titular era Ochoa un farmacólogo que fue también titular de la UBA, ahora jubilado, y Martínez era su discípulo. Lo vimos pocas veces casi únicamente en los exámenes y era un tipo muy justo. Martínez era muy didacta y explicaba muy bien, era muy exigente y no iba a obtener un premio a la simpatía. No ocultaba su antipatía por las llamadas por Leonardi, parejitas científicas (es decir compañeros y novios). Estábamos de novios con Susana desde el inicio de 2° año y no ocultó su antipatía desde el inicio de clases. A Susana se cansó de bocharla. Fue una de las causas por las que abandonó la carrera. Yo estaba en la colimba y cuando comenzaron las clases, me di cuenta que cuando iniciara anatomía patológica no iba a poder con las 3 materias entonces decidí dejar para hacerla junto con 4° así que lo que cuento ahora pertenece al año ´63 Ya que la materia la cursé con la 5a. promoción. Voy a contar mi examen final. Tomaban separado Ochoa y Martínez cada uno a un alumno para ir más rápido, y yo tuve la suerte de que me tocara con Ochoa. Martínez liquidó rápidamente al compañero al que estaba tomando y corrió su silla, se sentó al lado del titular para compartir la toma de mi examen. Apenas terminé el tema que me había tomado Ochoa, que no recuerdo que era, pero lo había sorteado bien, Martínez tomó el comando de mi examen y en seco me lanzó: “estimulantes y sustitutivos de la secreción gástrica”. (4 carillas de las 1500 hojas que tenía Litter). Cualquiera que haya cursado farmacología se hubiera dado cuenta que era un dardo envenenado,… pero yo lo había estudiado y empecé a escupir amargos, ácido clorhídrico, pepsina, etc. Ochoa que debe haber sospechado cierta antipatía cortó el examen y lo dio por terminado. Modestia aparte el examen fue muy bueno…pero me puso un 5.

   Un compañero que en ese momento estaba en “capilla” me comentó: “¡cómo te tiró a matar Martinez!” Lo juro, fue la única vez en mi extensa cadena de exámenes primarios, secundarios y universitarios que tuve la absoluta seguridad que querían bocharme… con Susana lo consiguió. Los sigo aburriendo…como yo esto lo presentía, fármaco la cursé con las de 4° y dejé pasar todos los turnos de noviembre y diciembre y la di sola en este mes, es decir todo noviembre y lo que quedó de diciembre del ´63 la preparé en forma exclusiva.

Tengo entendido que Martínez hizo una gran carrera docente pues creo llegó a decano.

   Otro tema fue Anatomía patológica. Llegaba junio y no pasaba nada, un día llegó la noticia “tenemos profesor de ana pato”. El profesor era José María Beramendi, patólogo del Registro Nacional de Patología que funcionaba al lado del Instituto de Gastroenterología Bonorino Udaondo. El Director era Brachetto Braian, profesor de la UBA y tenía escrita (por lo menos) una guía de trabajos prácticos. Quedaba en Parque Patricios frente a la plaza de la peste, en realidad se llama parque Ameghino y tiene un monumento a los caídos asistiendo a pacientes con fiebre amarilla. Del otro lado estaba el Muñiz, y al lado, la cárcel de Caseros. Lo asistían como ayudantes los Drs Deschans, joven gordito, simpático que se comía las eses y decía “occila” y explicaba muy bien. Cuando hice el internado en Clínica, era patólogo en el Ramos Mejía. Llegó a ser profesor titular de la UBA. El otro, Santiago Besuschio era serio, siempre vestía de oscuro y también muy buen docente. Nos daban la microscopía, porque ya había sido superada por las diapositivas. También algunas teóricas. Las autopsias, habremos hecho 5 ó 6, con Beramendi. Cuando llegábamos estaba el bloque en la bandeja y él dictaba los hallazgos a alguno de los compañeros, que generalmente era Mario Díaz, porque tenía muy buena letra y le seguía las bromas, pues siempre hacía chistes. Estaba muy entusiasmado con la “degeneración fibrinoide del colágeno”, algo que mucho no entendíamos. El último docente era Alberto Mieres, patólogo de la Casa Cuna, veterinario primero y posteriormente médico. Con él vimos varias autopsias de niños, era sordo y ceceoso, sabía muchísimo y explicaba muy bien, pero no le gustaba que le gritaran, hacía comentarios jocosos no médicos, como por ejemplo “si supieran como se hacen las salchichas no las volverían a comer”.

   Reemplazó como titular a Beramendi cuando un desgraciado accidente le quitó a éste la vida. El resultado fue regular, por supuesto no terminamos el programa, pero vimos mucho. El repaso de un parcial nos los dio el encargado del museo que conocía las piezas de memoria. Hablando con un colega recibido en La Plata se asombró que hubiéramos presenciado autopsias pues él no había visto ninguna.

   Del ciclo humanista teníamos Ética, que nos la dictaba el P. López Jordán S.J. Era un jesuita con formación y muy buen docente. Nos dió un curso muy bueno. De gesto adusto, se prestaba al diálogo y era muy ameno. Recuerdo una charla que tuvimos con él con Susana. Le ayudé muchas veces a ir a Misa, y era llamativo el fervor con que la rezaba. Fue el representante de La Nación, diario en Roma durante el concilio y un gran defensor de los judíos de las críticas que recibían pues negaba que fueran tratados de deicidas.

   Psicología III: tengo la libreta firmada por el P. Pedro Moyano S.J. pero no recuerdo ni siquiera de haberlo conocido, una gran laguna. Era decano de la facultad de psicología. No sé dónde hacer entrar a Rodríguez Amenabar y probablemente sea acá. Había sido un avanzado seminarista de los jesuitas, había salido y era psicólogo. Un tipo maduro y muy ameno. Muy buen didacta. Recuerdo una interpretación psicoanalítica que hizo del tango de Gardel “Mi noche triste” y entre las explicaciones, el sentido psicoanalítico de – la guitarra del ropero todavía está colgada – serían los genitales del protagonista al faltarle la “mina” y no tener relaciones sexuales.

   Bioestadística: nuevamente con Martínez Prieto, cálculo de probabilidades, campana de Gauss, desvío estándar, diferencia significativa que es lo que más se usa en investigación médica. Aburrido, difícil, pero creo que llegamos a comprender un trabajo estadístico.

   Otra experiencia que tuvimos ese año y que había olvidado y, que se habló extensamente en el grupo WS, fue el incendio. Ocurrió cuando anochecía y se inició en el sector medio que da a la calle Lavalle, sin llegar a la parte donde funcionaba la facultad. Alicia Farinati cuenta que con German Armesto y Jorge Mércuri fueron a la terraza a correr las jaulas donde estaban los perros de fisiología hacia la zona que da a la calle Rio Bamba para que no los alcanzara el fuego. También rescataron los microscopios. Susana y yo salimos por la Iglesia y nos siguieron un grupo importante de estudiantes, pues la salida de Callao y el patio de las palmeras estaba atiborrado de gente.

   Evidentemente el Colegio no estaba preparado para una rápida evacuación. En principio parecía que el fuego iba causar un desastre (me acuerdo la desazón que sentí, pues el fuego consumía una parte muy importante de mi vida) pero afortunadamente fue controlado y se limitó a un grupo de aulas en la parte que se había iniciado.

CUARTO AÑO

   Año bisagra. Entramos en los hospitales a ver enfermos, por fin comenzaba el motivo de nuestra vocación. Cabe hacer una aclaración, cuarto año era el inicio de las patologías: Interna se transformó en Medicina I (semiología) y medicina II y III las distintas especialidades clínicas. Patología externa eran las Cirugías: I (técnica quirúrgica) y II Y III el resto de las patologías. En mis cinco meses de colimba, cuatro había trabajado como ya dije en el Servicio de Cirugía de la mano de modo que había asistido al consultorio, a cirugías, también había hecho anestesias infiltrativas y tronculares en la raíz de dedo pero algo muy limitado.

   Semiología sería el eje de nuestro aprendizaje médico y la suerte nos puso en la Sala 1 del Ramos Mejía cuyo jefe y profesor era Lucio Sanguinetti. Se me hace difícil, ahora sesenta años después, buscar las palabras para explicarlo. Sanguinetti pese a ser apurado, casi diría atropellado en su accionar con una parla rápida, que salteaba sílabas, transmitía sus extensos conocimientos acompañados de su ojo clínico, estupendamente. Eran tres salas, dos grandes (hombres y mujeres) y una chica (hombres) dividida al medio donde funcionaba el aula. Tenía servicio propio de radiología que había donado LALCEC y se hacían seriadas, en aquella época lo más avanzado en diagnóstico digestivo, laboratorio con diagnóstico por fotocolorímetro que manejaba la Dra Sobron y una pantalla fluoroscópica con la que hacíamos radioscopia. Endoscopía con esofagoscopio y rectoscopio rígido y un gastroscopio semirígido todo una novedad en ese tiempo. Íbamos de lunes a sábado de 8 a 12 hs. Nos separaban en comisiones de 6 ó 7 estudiantes a cargo de un médico de la sala y veíamos pacientes, después un descanso, luego una clase teórica, y nuevamente práctico. Eran 24 horas semanales. Digno de recordarlo fue que hablaron con el capellán y accedió a darnos la comunión fuera de la misa todos los días en el rato de descanso. Éramos unos cuantos los que comulgábamos. Volviendo a la materia todo estaba orientado a la semiología y diagnóstico por imágenes, aunque a veces los docentes se extendían un poco y nos daban algo de su especialidad lo que disfrutábamos mucho. Todos eran clínicos pero estaban orientados a especialidades.

   Estudiábamos con la Biblioteca de Semiología de Padilla y Cossio, aunque secreciones internas recomendaban a Stafieri. Teníamos parciales al concluir cada aparato o sistema. Lo novedoso fue que algunos compañeros de los de la promoción anterior (recuerdo a Atilio Barbeito, Raúl Mango) y otros que ya cursaban 5° y tenían semio aprobada, entraron a la Guardia Médica como existía antiguamente: un practicante mayor, dos practicantes menores, adscriptos y concurrentes. El que entraba último era el “último perro” y hacía todos los trabajos desagradables. Era una guardia muy particular, donde no admitían mujeres y los manteos eran feroces, digamos a la vieja escuela. De la promoción anterior estaba Atilio Barbeito y creo que Carlos Vermal, de la nuestra Lolo Rodríguez, José M Ceriani. Estas guardias de las que ya hablaré más adelante eran muy importantes para nuestra formación pues nos ponían en contactos con consultorios externos, una de las falencias de nuestra facultad, y tenían acceso a patologías agudas y sus eventuales resoluciones.

   Recuerdo algunos de los médicos del staff de la sala: Carlos Bradley, Carlos Sanguinetti, Luis Shapira (más tarde profesor de clínica médica en nuestra facultad). Juan C. Bacaro, Ángel Centeno, Bendito, López Fresco. Muy importante fue que nos enseñaron también el trato con el paciente, que dejó de ser un número de cama o una enfermedad, pues hay que respetarlos en su dignidad humana, al fin y al cabo es un hombre que sufre. Y lo otro muy importante relacionado con el diagnóstico “no hay enfermedades, sino enfermos". Por supuesto que a esto hubo excepciones, pero fueron eso, excepciones. Cuando aprobé me metí en una guardia, todo lo contrario de la que describí. El jefe era un cirujano, Etchebarne muy serio, del mayor no me acuerdo el nombre y tenía inclinación por la obstetricia y había retrasado su graduación, 2 ó 3 años, quería seguir en la guardia, porque automáticamente cuando te recibías dejabas de ser practicante. Este fenómeno no era muy infrecuente pues la guardia era atrapante. De los menores uno era Dal Bo que se la tenía creída, (fue parte del equipo que reformó sabiamente la medicina pública de Rio Negro) la otra era una chica que se orientaba a la pediatría, era muy didáctica y nos enseñó muchas cosas. Recuerdo que tenía una libreta donde anotaba todo lo que le parecía de interés, costumbre que yo después adopte. Entré junto con Artusi de la UBA de 4/5 año y sobrino del médico asistente o agregado (desconozco los cargos) por eso teníamos un Artusi y un Artusito. Estuve los tres meses de verano y en marzo me agarró una hepatitis por lo que abandoné cuando iniciaron las clases.

   Cirugia I, técnica quirúrgica, venía un equipo de varios cirujanos el profesor se llamaba Galarce y Di Salvo fungía como adjunto. Nos dieron algunas teóricas e intentaron hacer una apendicetomía en un cadáver, cosa que fue imposible pues esos cadáveres formolizados parecían de cartón e imposibilitaban las maniobras. Usábamos un libro (2 tomos) “Técnica quirúrgica de Christmann, Ottolenghi, Raffo y Von Grolman”.

   La otra novedad de 4° fue fisiopatología que la veíamos como materia aparte. En las clases de semio ya habíamos visto extensamente la “fisiología del síntoma”, los grandes síndromes: cianosis, edema, reflujo gastroesofágico, hubo superposiciones pero nos vinieron muy bien pues nos agilizó en la comprensión de temas fundamentales. Las materias las desarrollaban los mismos que nos habían dado fisiología y después los repetiríamos en clínica.

Del ciclo de medicina preventiva no tengo recuerdos.

   Del ciclo humanista vimos Teología I con el padre Jacinto Luzzi. Fue el año que se inició el Concilio Vaticano II. Se había abierto un fuerte debate dentro de la Iglesia, por los anticonceptivos orales, todavía no se había publicado la Humanae Vitae, recién lo haría Paulo VI en 1968. Algunos grupos católicos amparados en la no definición los indicaban. “Todo lo que no está expresamente prohibido está permitido” vs “todo lo que no está expresamente permitido está prohibido”. Las clases eran amenas y tocamos algunos temas, recuerdo el pelagianismo y el pseudopelagiansmo, oración y acción. Se perfilaban diferencias entre los que querían los cambios, progresistas y los que se resistían al cambio, tradicionalistas. Las discusiones a veces se ponían bravas. Me atrevo a una opinión personal, había una fiebre de que todo lo nuevo era bueno.

22 de abril de 2026

Juan Manuel Sáenz Cavia "Las Crónicas" - vol IV

 Segundo año 1961

Esto es muy personal, pero ahora que murió Susana lo voy a contar. Para mi segundo año no empezó en abril sino en marzo. Con Susana teníamos una amistad muy importante, inclusive yo la había ayudado en química, que la habían bochado en un primer intento pero esta segunda vez la había aprobado. El 24 de marzo de 1962 teníamos que hacer una disección para la cátedra, y así disecando, teniendo al cadáver por mudo testigo le declaré mi amor, y desde entonces fuimos novios. Después nos casamos y formamos una hermosa y numerosa familia. El 10 de diciembre de 2025 se abrieron para ella las puertas de los Cielos y entró en la eternidad de la mano de su amado Jesús.

Ahora a las cosas. Teníamos cuatro materias médicas: fisiología, Química orgánica II, Física biológica y Anatomía topográfica y de superficie.

Humanistas: filosofía II, psicología II, matemáticas II,

Medicina preventiva II.

Fisiología. No había un profesor titular , tengo entendido que cuando se formó la facultad ese sería Villamil, que murió al poco tiempo.

Se habían inventado unas cátedras verticales en la cual un profesor o su equipo daba fisiología, fisiopatología y posteriormente clínica. Me acuerdo en cardiología a Bernardo Lozada, un excelente docente. Lo secundaba el Dr. Franco. Lozada nos pasó una película de broncoscopias, en un momento se observaba una secreción que ascendía y descendía con cierta cadencia y una compañera preguntó qué era y la respuesta vino expeditiva, “un pollo”.

Neurología: Julio C Ortiz de Zárate gran docente también, muy exigente.

Neumonología: la debería dar el decano, pero nos dió algunas clases (no muchas) Robere y otro médico joven que no recuerdo el nombre. Medio interno, Clavijo, al que le decíamos “eructito”. Como las clases eran a las dos de la tarde, o sea postprandiales, aguantaba los eructos inflando los cachetes. Me acuerdo de una anécdota que mostraba su “humildad”. Hablando de la exanguinotransfusión que se realiza a los recién nacidos con eritroblastosis fetal, él propuso un método que se llamó Salas (su colega) y … Clavijo.

Endocrinología: el titular era Amílcar Arguelles médico aeronáutico. Llegó a ser director de sanidad aeronáutica y presidente de la Sociedad Argentina de Endocrinología. Íbamos al instituto de endocrinología. Había un estudiante avanzado Rezzonico, que nos dio algunas clases (al otro año lo encontré como colimba con prórroga en el Hospital Militar) y por supuesto, Isaac Moloznik, joven médico que hizo una gran carrera como investigador, muy exigente y temido. Digestivo, Lotti. Hematología, Grignaschi y Devoto. Lo más dramático de esta situación era la carencia en nefrología. Protestamos mucho pero no se solucionó. Al año siguiente el equipo de Miatello nos dio unas pocas clases pero muy buenas y se reparó el déficit. Este problema se volvería a repetir porque algunas cosas estaban improvisadas y había que solucionarlas sobre la marcha. También nos daba la impresión que las autoridades se manejaban con demasiada independencia. Casi todos los titulares eran sobresalientes en sus respectivas materias llegando todos o casi todos a jefes o directores.

Química: fue un tema aparte. En la UBA se daba en un solo año, pero nosotros en 2. Veíamos en segundo la parte de metabolismo de hidratos de carbono, lípidos y proteínas que no recuerdo, además de hormonas y vitaminas. Pomes Ottone era muy buen docente. Mateo Chekherdemian era también un excelente docente. Nos hizo comprar un libro sobre el metabolismo lipídico que era muy didáctico y ahí abandonamos a Deulofeu y Marenzi que era un ícono de la bioquímica.

Anatomía topográfica y de superficie: era el 2° año de anatomía. Prácticamente la daba toda Dellepiane y una innovación en la enseñanza de la anatomía, pues era una introducción a la propedéutica clínica. Dellepiane había escrito un libro sobre la anatomía de superficie. El tomo 1° “Generalidades y miembros” lo publicó ilustrado con excelentes disecciones y fotos de preparados. El tomo 2°: “Cabeza cuello, tórax y abdomen” no pasó de apuntes mimeografiados que eran muy difíciles de conseguir (yo tengo uno, debería devolverlo, pero no sé a quién). También había publicado “Encephalón”, que eran cortes, esquemas y fotomicrografías (sic) del SNC, una maravilla para la comprensión de un tema tan difícil. Lo novedoso de la anatomía de superficie era que la materia se dictaba y el examen se tomaba con modelos humanos que no eran otros que compañeros nuestros con buen físico. Algún mal rato pasaron algunas compañeras nuestras cuando les preguntaran que indicaran donde estaba la espina del pubis. Siguiendo con anatomía no podemos olvidar a Lloveras, jefe de cirugía del Instituto de Cirugía de Haedo, del que ya hablamos en primer año. Fue el primero que nos llevó a un quirófano. A él le debo mi primera experiencia quirúrgica, una hernioplastia con local (con varias hipotensiones y salidas del quirófano). El asunto con Lloveras era que era experto en mano, y si te tocaba en un examen ni te la cuento. Otro aspecto que tuvo Dellepiane es que nos llevaba en grupos a su consultorio de traumatología del pabellón Torello del Htal. Tornu y veíamos enfermos. Fueron los primeros contactos con la propedéutica clínica.

Física: la daba Muracciole J.C., creo que era odontólogo. Buscando ahora encuentro un Manuel de Biofísica de la facultad de odontología escrito por Juan C. Muracciole, editado en 1965. Era muy ameno y simpático, nos dio algunos prácticos. Un recuerdo: termina la clase y como indicando que finaliza dice “ite misa est” que le dicen.

Del ciclo humanista:

Psicología, todo un tema. Nos daba un sacerdote, secular, que tenía una teoría propia. La “panrotundez”, no entendíamos ni jota. Hicimos un movimiento y Vasena fue a escuchar una clase, tampoco entendió nada pero trató de disimularlo.

De todos modos en 1961 en Argentina había tres psicólogos universitarios graduados en el exterior: el padre Leonardo Castellani expulsado de la compañía, con toda una historia,. Graduado en la Sorbona y dos más que no he podido encontrar los nombres. La primera facultad de psicología del país fue en Rosario (litoral) que se fundó en 1956, así que los primeros graduados deben haber sido en ´61/´62. Católica de Córdoba y Salvador se habrán fundado en ´58/´59. En este final de decenio se crearon otras en varias universidades nacionales. Había desde el principio de siglo intelectuales que se especializaron en psicología y por lo que sí hubo un montón de centros (algunos eran médicos, otros no). Un ejemplo es José Ingeniero, médico. Otro sería Knaak Peuser, sacerdote y filósofo. De todos modos la teoría de la panrotundez no dejó huella pues no aparece en Google. Uno de los chistes que recuerdo que dijo fue que el metabolismo se reducía a dos señoritas: Cata y Ana. Otro, Pedro D’Alfonso, filósofo, entre otras actividades tenía en nuestra adolescencia un instituto de orientación vocacional famoso. Formó parte del grupo, al que nos referimos en la “LAS PRIMERAS NOTICIAS”, como la proto Universidad del Salvador en el tema de psicología iniciado en el año 1942. Posteriormente fue parte de los fundadores de psicología en la UCA. Buceando en Google sobre los inicios de la enseñanza de la psicología en la Argentina, la conspiración de silencio sobre las universidades privadas (que fueron pioneras) es total. He leído varios trabajos y no son ni nombrados.

Matemáticas: dictada por Manolo Martínez Prieto, que nos dio integrales y ecuaciones diferenciales. Hacía las clases muy amenas y la idea era que supiéramos suficiente matemática para poder interpretar la campana de Gauss y poder desarrollar nuestras propias

estadísticas. Creo que fue la primera persona que nos habló de ecología, nos dijo – donde se junta un grupo de humanos ensucia y contamina. (Estamos hablando de 1961).

Capítulo aparte merece Filosofía que nos la daba Carlos Alberto “Bubi” Sacheri. Era una historia de las ideas filosóficas, compendiada, desde una perspectiva cristiana, haciendo especial hincapié en las 3 revoluciones anticristianas: la reforma protestante, la revolución francesa y la revolución comunista. Cuando estaba por terminar el curso le salió una beca a Canadá donde se doctoró. Cuando regresó fue docente de la UCA. En el año ´74 cuando tenía 41 años, en la época de plomo, los del ERP lo asesinaron a balazos delante de su familia. Publicó dos libros: La Iglesia Clandestina y el Orden Natural y muchos escritos. El curso lo terminó la profesora F.A. H. de Bun. Nos dio muy pocas clases.

No podemos pasar segundo año sin mencionar a Jorge Mércuri (alumno de la 1° promoción), era el jefe de trabajos prácticos de fisiología. Me atrevería a compararlo a un mago, no sé de dónde sacaba material, espacio, tiempo para los prácticos. Lo recuerdo claramente cuando los corrieron del Congreso cuando iban a buscar palomas para destruirles el cerebelo en el práctico en el que veíamos ataxia. Era un tipo fantástico, con todo respeto y cariño, un sabio loco, desarreglado, distraído, siempre dispuesto a explicar lo que le preguntaran. La facultad se cerraba a las nueve de la noche y a esa hora teníamos que irnos; lo estoy viendo tomando examen tipo coloquial a un grupo de estudiantes en Córdoba y Callao con el delantal y el estetoscopio colgando. Si no me equivoco el examen terminó en la boca del subte. Sé que hizo una carrera muy importante en la aeronáutica en el Instituto de Medicina aeronáutica y espacial.

Los cadáveres. Este es un tema interesante y propio de una facultad que recién se inicia. La cátedra tenía mucha demanda de cadáveres, imagínense, los alumnos de primer año hacíamos unas 20 a 22 disecciones en parejas de los miembros superiores e inferiores. Los ayudantes disecaban los preparados con los que iban a dar los prácticos, por ejemplo cuello, tórax abdomen y pelvis. Oscar Ángel disecó más de 20 nervios faciales para su tesis doctoral que trataba de ese tema. Nuestro proveedor de cadáveres era el Open Door, Colonia Cabred, cerca de Lujáan en la ruta 6. Los traíamos en camionetas de los alumnos (tengo dos presentes: Ovidio Álvarez y Chichín García Moran que después abandonó (1) en una combi que tenía el colegio). Salíamos de madrugada para llegar temprano. El encargado era un interno “el Loco Lucas” (tendría unos 50 años) un tipo muy normal que según él lo dejó la familia y nunca más volvió nadie a buscarlo. Siempre, según él, estaba en condiciones de salir pero para el alta se necesitaba que un adulto sano tomara la responsabilidad y él no tenía a nadie. Era muy caudillo y los demás locos lo respetaban mucho. Nosotros le llevábamos dos cartones de Saratoga (a los locos les encanta fumar) y los repartía entre sus compañeros y eso le daba cierta autoridad. Tengo montones de cuentos y los aburriré con alguno. La morgue era una dependencia separada del resto del edificio con una mesa central de cemento, los cadáveres dentro de rústicos cajones de madera que nosotros envolvíamos en una lona para su traslado. Una vez, al destapar el cajón el cadáver tenía una disección en el cuello sin suturar. Había habido un curso de ORL y habían hecho una demostración. Lucas muy enojado dijo “estos médicos, son unos irresponsables”, parecía que el demente era más responsable que lo médicos

También era la época que iniciaban las “colimbas”, les tocaban a los clase 40 y el año próximo los 41. Algunos tenían prórroga y otros la adelantaban, de modo que se me van a mezclar. Lo tengo a Chochi Colombo en aeronáutica, a Ricardo Mandojana en ejército, igual que Juancho Macome y yo. Cuando teníamos algún examen siempre íbamos de uniforme, para dar un poco de lástima. “Mirá, pobre muchacho está haciendo la colimba…”. Pero hay un caso que vale la pena recordar aunque requiera una explicación larga. Durante la guerra

de Corea ('50-'53) se dijo que la Argentina, como miembro de la ONU, iba a mandar tropas. Simultáneo a eso, la Policía Federal abrió una conscripción con la opción de hacerla en la policía, y era seguro que no ibas al ejército, entonces te salvabas de Corea. Por eso los colimbas que entraron a la federal se los llamó coreanos. Las condiciones eran que ingresabas a los 19 años, de modo que no entrabas en el sorteo de la clase. Tenía una buena y una mala, la buena era que no te tocaba marina (que duraba 2 años), la mala, que perdías la chance de salvarte por número bajo. Uno de nuestros compañeros optó esta opción, Hugo Romani. Hugo siguió cursando contra viento y marea en las horas que le dejaba libre el servicio. Quedó exprimido. Me acuerdo en una clase, con su uniforme dormido como un angelito. Con este cuento paro, aunque debe haber montones, pues si los hombres nos ponemos a contar cuentos de la milicia nos podemos pasar horas aburriendo a todo el mundo. (1) Habría que agregar a Miguel Hoffman que también traía cadáveres en una camioneta tapado con una lona y en una oportunidad se salvaron de un control policial

13 de abril de 2026

Juan Manuel Sáenz Cavia "Las crónicas" - vol lll

MI SEGUNDO INGRESO

Era bastante previsible que no aprobara ninguno de los ingresos y así fue. De todos modos ésta experiencia fue definitoria ya que esta vez decidí hacer mi carrera en El Salvador.

Mis razones fueron:

a) LA ORIENTACIÓN: pese a que la facultad estatal, pasaba por un muy buen momento académico, ya que las autoridades surgidas de la Revolución Libertadora y posteriormente con Frondizi, le dieron un vuelco de seriedad propia de una Universidad, en el caso de medicina, un ingreso muy restrictivo y por otro lado una orientación verticalista netamente marxista. (Digo verticalista pues desde el Rectorado -Rizzieri Frondizi- hasta los centros de estudiantes se presentaba esa orientación).

b) LA CAMARADERÍA: Mi experiencia en la UBA no fue buena. Como oyente me acoplé a una comisión de unos 200 alumnos. Íbamos toda la mañana lunes, miércoles y viernes y pese a tener un horario tan extendido y durante 3 meses había una total indiferencia entre los estudiantes y creo que nadie llegó a conocerse. En los dos meses que fui al Salvador encontré un clima distinto, una gran camaradería, todos eran conocidos, se reunían, eran como una gran familia.

c) MIS PRINCIPIOS: Si yo había defendido en la calle la enseñanza libre (es decir, que el Estado perdiera el monopolio de la enseñanza universitaria) no podía ahora, llegado el momento borrarme y no correr los riesgos de ingresar en una Universidad creada a partir de los principios por los que había luchado. Conceptualmente estaba en desacuerdo con el gobierno tripartito. No me parecía razonable que los estudiantes tuvieran voz y voto en la administración de la Universidad. Creía que el alumno debía tener opinión y ser escuchado por los docentes y ese era el tema que el P. Rodríguez Leonardi nos decía cuando nos hablaba en el secundario.

Había ocurrido en mí un cambio muy importante. De ser un buen atorrante en mi adolescencia, ahora, ya joven, era un contraído y disciplinado estudiante universitario.

El curso iniciaba en agosto y probablemente por la gran cantidad de postulantes se creó otra comisión que comenzó en noviembre. Entre las dos comisiones seríamos unos 400 alumnos.Esta vez las clases teóricas se daban en el Salón de Actos del Colegio Santa Rosa en la calle Bartolomé Mitre, y los prácticos en la facultad en Callao. Recuerdo como ayudante de anatomía a Marta Delfino y de Histología a Alicia Farinati, aunque hubo otros. Una de las bedeles era una salteña fantástica, Margarita Cornejo. La otra lamentablemente no me acuerdo Cuando dimos los parciales de diciembre, tengo en la memoria a Jorge «Papi» Isola cuidando que no nos copiáramos, paseando su tremenda figura entre los bancos.

El hecho de haber cursado una vez el ingreso me dio las pautas de qué era lo que había que saber a la perfección; por ese motivo y también por haber estudiado como un burro me colocó entre los primeros puntajes. Esto me sirvió para que la cátedra de anatomía me ofreciera si quería colaborar enseñando a los que ingresaban en el segundo tramo del ingreso que se cursaba en verano. (De esa comisión recuerdo solamente a un estudiante: Sorrentino, que no ingresó). Desde ese momento quedé «enganchado» con la Cátedra.

Los docentes seguían siendo los mismos, lo único que cambió fue la inmensa cantidad de cursantes.

Un hecho advertí, y fue que muchos alumnos, que habían ingresado en el curso 58/59 habían desertado antes de terminar de cursar el año, esto había pasado más entre las mujeres. Me dio un poco de bronca haber quedado afuera y que ellos ingresaran y abandonaran en primer año.

Tengo presente el día que publicaron los resultados del ingreso, yo estaba bastante seguro que me había ido bien, pero como era por puntaje uno nunca podía tener la certeza. Mientras me buscaba en la lista, una intensa sudoración iba empapando mi ropa (riguroso traje de verano beige, camisa y corbata). Había ingresado 8°.

PRIMER AÑO

No puedo ocultar mi emoción al recordar cuando me planté frente al transparente de primer año para ver en qué comisión estaba y cómo eran los horarios de las distintas materias. Diría que había completado un ciclo e iniciaba otro, el que definiría mi vida. Desde que tuve opiniones propias pensé que el primario y el secundario eran un largo y aburrido puente, inevitable de pasar, para llegar a una meta resuelta casi desde mi infancia: LA UNIVERSIDAD.

De todos modos lo había traspuesto bastante bien: un colegio (El Salvador) que era mi segunda casa, una buena dirección espiritual, grandes amigos, mucha vagancia, pocas materias eximidas y múltiples amonestaciones. Pero un genuino sentido de lealtad y compañerismo. Varios malos momentos dados a mis padres ahora compensados con: “el nene sentó cabeza”.

Muchos hechos habían dejado su marca: vivir en una dictadura (Cultura Ciudadana), el enfrentamiento Perón- Iglesia, la quema de la Templos, amigos presos, la conocida defensa del Colegio en dos oportunidades (Dios puso su mano y en ambas quedó sólo en tentativa), la circulación de los panfletos, la caída del régimen peronista, la revolución húngara, las pegatinas, laica y libre... y otros que no me vienen a la memoria. Éramos jóvenes muy politizados, muy comprometidos. Perdón por la digresión pero creo que es como una puesta al tanto.

El plan de estudios contaba con tres ciclos:

1. Médico (se cursaban las materias médicas),

2. Sanitario (Medicina Preventiva y Social) y

3. Humanista (donde se veía filosofía, psicología y teología). Dentro del ciclo humanista se agregó a fin de año Artes Plásticas que dictaba la Sra de Perazzo, causó un gran revuelo porque era los sábados a la tarde y a los alumnos nos parecía una materia inútil, fuera totalmente de la educación médica y en un horario horrible. Fue una de las protestas más grandes que hubo, que como la mayoría, no prosperó. Ahora, pasados los años, pienso que fue la primera oportunidad que tuve de ver un cuadro, escuchar su interpretación, conocer algo de la historia del arte y saber quién fue, por ejemplo, el Fra. Angélico.

La novedad era que dentro del ciclo médico se cursaba Matemáticas en primero y segundo, para llegar en tercero a Bioestadística. También novedoso con respecto de la UBA era que la asistencia a teóricos y prácticos era obligatoria y se necesitaba el 75% de asistencia para ser alumno regular, además de haber aprobado los parciales.

Las materias básicas de primero, anatomía e histología estaban unidas en un llamado «INSTITUTO DE INVESTIGACIONES ANATOMO-HISTOLÓGICAS». (Hay que reconocer que la facultad no se ahorraba en títulos). El Dr. Luis Dellepiane, quien en 1948 fue profesor titular en la UBA reemplazando al Profesor Pedro Belou, era el director y el Dr. Lloveras profesor ordinario; el director del departamento de Histología era el Dr. Vasena. La tercera materia del ciclo médico era Química orgánica que estaba dividida en dos: Química I que se cursaba en primer año y Química II en segundo.

Anatomía: el titular era Dellepiane (traumatólogo del Hospital Tornú, pabellón Torello), se lo veía poco, en principio para los exámenes. Nos dictó todas las teóricas de las vías de conducción del sistema nervioso. Tengo una anécdota: era día de parcial de anatomía y al pasar por la Iglesia entré para pedir la intercesión divina. Me quedé en el último banco y de pronto noto que alguien se coloca a mi lado... era Dellepiane. En parte era la síntesis de lo que esperaba de esa facultad.

Los otros docentes eran el nombrado Lloveras cirujano del Instituto de Cirugía de Haedo, nos dio una teórica sobre el conducto inguinal para la mejor comprensión de la génesis de las hernias inguinales que fue un galimatías. Torturaba a los alumnos en los exámenes con la anatomía de la mano, tema bastante intrincado. Fui una de sus víctimas, pero salí airoso... de todos modos, dar examen con él... era de terror. Otro docente era Funes de Rioja cirujano de no recuerdo qué hospital, que nos dio un teórico sobre diafragma, tema arduo si se quiere, considerando que eran nuestras primeras letras anatómicas. Un tipo fantástico, apasionado, quedó grabado en mi memoria explicando los agujeros del diafragma: al hablar del aórtico después del esofágico dijo con gran vehemencia, -señores, porque la aorta, la aorta..., no tiene porqué moverse!-. Dibujó, gesticuló, enfatizó y terminó su exposición con el rostro manchado con tiza de color. En los exámenes nos alentaba y participaba con cierta admiración si le contestaban bien.

La cara visible y responsable de la organización de la Cátedra era Oscar Ángel Sepúlveda, un colombiano joven, serio, ya graduado, que estaba preparando su tesis sobre el nervio facial. Varias cabezas, más de veinte, habían sido prolijamente disecadas por él. Una de sus características era su voz de bajo que parecía provenir de una caverna, -los musculus del muslu-. Otra de las que hacían funcionar la cátedra era Elba Albertinazzi (sería de la primera o segunda promoción) y siempre estaba trabajando, o disecando, dando práctico, haciendo planillas. En ese momento nos parecía tan distante, la tratábamos de usted y le teníamos un respeto similar al de Oscar Ángel. Había también dos ayudantes más que no eran estudiantes de nuestra facultad y que estaban avanzados en su carrera: uno López Pardo y la otra era Alicia Benazar. Ambos tenían comisiones y tomaban los coloquios y parciales. (Coloquios eran como parcialitos, dimos dos o tres en el primer trimestre). En total éramos cinco comisiones de doce alumnos, cada una tenía un ayudante avanzado y otro de segundo año. Los de tercero eran: Mecha Egozcue (que era la mía). Mabel Bianco, Ovidio Ridruejo. Los de segundo Jorge Isola, Raúl Mango, Jorge Colombo (que también era de mi comisión), Emilio Cano, Miguel Chiappe, Marta Delfino, Guillermo Felgueras, Susana Villa. Aclaro que no son todos, si no los que recuerdo.

Otra de las experiencias inolvidables fueron las disecciones. Las iniciamos después de haber dado el primer parcial, locomotor. Una vez por semana toda la mañana de 8 a 12 hs. En total serían alrededor de 20.

Lo primero era sacar los cadáveres de las piletas con formol, como la mitad aproximadamente de los alumnos eran mujeres nos tocaba a nosotros la tarea. Cada cadáver tenía una soga atada al tobillo con una chapa de metal con un número para identificarlos. En parejas disecábamos miembro superior e inferior completos. Cada comisión tenía dos ayudantes que nos interrogaban sobre la región que disecábamos y que debíamos haber preparado. Todo dentro de un gran respeto y mucha camaradería aunque no carente de humor y con las consabidas bromas. Mi compañera era Beatriz Ruibal. Había un descanso en que todos íbamos a Nardone (los 7 hermanos Nardone y la hermanita) una heladería, cafetería y demás que quedaba en la vereda de enfrente, una institución tanto en el Colegio como en la Universidad. Dentro de esta había un bufet que funcionaba sólo de tarde, así que las disecciones que eran de mañana nos obligaban a ir a Nardone. Este «recreo» era una parte importante de las disecciones.

Muchas anécdotas se podrían contar de estas prácticas, comenzando por la compra de la caja de disección que nos hacía sentir «casi cirujanos». Una de ellas: una pareja había disecado el accesorio del safeno externo, una pequeña proeza, otro compañero, con toda torpeza, lo tomó con su pinza y se lo rompió. El examen final era -por lo menos el mío- con tres profesores: con Dellepiane de locomotor, con Lloveras neuro y con Funes de Rioja esplacnología. El libro: Testut y Latarjet y el Testusito como para un repaso.

La cátedra tomaba alumnos que habían aprobado la materia con buena nota y previo examen de selección y los nombraba monitores que era el primer grado de ayudante de cátedra. Era un examen serio con todos los profesores, el jefe de trabajos prácticos, Oscar Ángel, y los ayudantes viejos. Yo había sacado 7. Conmigo pasó algo poco común. En mi segundo ingreso, dábamos osteología y me había ido muy bien, por lo que me pidieron que les diera anatomía a los que entraban al curso de ingreso en el verano para que yo los pusiera al día. Desde entonces quedé enganchado en la cátedra. Cursando primer año me seleccionaron para que les diera osteología a los del curso de ingreso, así que el examen para ayudante después de aprobar la materia era para mí una “papa”. Me toco rombo poplíteo y di un examen… desastroso (una gran batata cosa que habitualmente no me pasaba). Según chimentos ingresé porque Oscar Ángel hizo fuerza, pues si fuera por los profesores no entraba. La cátedra se transformó en mi tercer hogar (mi casa primero, segundo la facultad) hasta que me toco la colimba.

Histología. El titular era Jorge Vasena. Entre los antecedentes que se contaban estaba el haber trabajado con Bernardo Hussey. Vasena sufría una enfermedad desmielinizante que lo había confinado a una silla de ruedas, y como la cátedra de histología quedaba en el primer piso había que subirlo y bajarlo a pulso por las escaleras; Vasena iba todos los días. Histología estaba dividida en cinco materias: histología propiamente dicha, embriología, genética, hematología y neurología. Histología tenía una jefa de trabajos prácticos que era muy buena Maria Otilia Conforti, era el «alma mater» de la cátedra, creo que estaba recibida o le faltaba muy poco. Daba los teóricos con una gran calidad docente y mostraba gran conocimiento de su materia. Vasena también nos dio algunos teóricos pero fueron bastante malos ya que no tenía, por los menos en ese momento y tal vez por su enfermedad, mucha capacidad docente. Las prácticas eran una por semana y duraban varias horas. Éramos 10 por comisión cada uno con un microscopio. Los ayudantes, la mía era Delia Pistol de 3er año, nos daban primero una parte teórica y luego la parte práctica. Al igual que en el ingreso teníamos que dibujar lo que veíamos en el microscopio y así formábamos una carpeta con los prácticos. Como habíamos visto histología general (citología y los tejidos básicos) en el ingreso entramos directamente a la parte especial es decir aparatos y sus órganos, usábamos la Histología de Ham como bibliografía.

Embriología su titular era Obiglio. Tengo entendido que era odontólogo, fue un desastre, nos dio unas pocas clases muy teóricas, sin iconografía, todo muy difícil de entender, ya que la embriología sin imágenes es muy complicada. Tengo un recuerdo: trajo un día (uno de los pocos días que lo vimos) un feto muerto de término con su correspondiente placenta y cordón. Fue la primera vez que vi un feto de término. Como promediaba el año y no habíamos visto casi nada, iniciamos una protesta. Se veía que nadie se animaba, entonces la comisionaron a Alicia Farinati, alumna de 2° año, ayudante de la cátedra, e hizo toda la carrera docente hasta profesora emérita, que era un cráneo y explicaba fantásticamente. Gracias a ella recibimos algunos conceptos y pudimos llenar la laguna. Estudiábamos con la «Embriología» de Arey, pero terminamos con un librito reducido y muy didáctico cuyo autor no recuerdo.

Un aparte para Alicia Farinati. Le decíamos María Luz, la niña genial que inventó Roberto Battaglia y que salía en Patoruzú, a ella no le gustaba, pero nosotros se lo decíamos con gran cariño y respeto. Era una «traga» (como se decía en aquellos tiempos), fue nuestra ayudante de histología, nos desasnó en embriología y la repetimos en 3er año en bacteriología. En todas brillante. Tenía un temperamento rebelde, recuerdo que no quería dar la reválida pues decía que no necesitaba titulo habilitante porque se iba a dedicar sólo a la docencia e investigación por lo que le alcanzaba con el título académico. Se transformó en un referente, me atrevería decir internacional, de la bacteriología ginecológica. Hizo toda la carrera de docente desde ayudante a Profesora emérita. Después dio la reválida en algún momento pues tiene matrícula Nacional. Debe tener un Doctorado... ó varios…

Hematología era todo un tema. El profesor titular era Victor Grignaschi un hematólogo del Htal. Rivadavia (discípulo de Miguel A Etcheverry presidente de la Sociedad Argentina de Hematología) y él mismo, posteriormente, también presidente de la nombrada Sociedad. y el Dr. Raúl Devoto como adjunto. Un joven médico Alfredo M. Sperperato y la Dra. eran los docentes. Grignaschi era un pionero en la citoquímica y con eso nos daba con todo. Tenía una personalidad explosiva. Una anécdota: Desde el inicio de las clases una compañera, Margarita Cornejo, tenía la misión de avisarle al profesor que se había acabado la hora para evitar las superposiciones de horario. En la primera clase de Grignaschi, que se extendió generosamente, le avisó que se había terminado la hora y él, en un tono destemplado le dijo -¿quién la comisionó para decirme cuándo debo terminar la clase?-. Otra vez un alumno lo interrumpió para hacerle una pregunta, cosa habitual pues todos los profesores pedían que los interrumpiéramos si teníamos dudas. Grignaschi, de muy mal modo, le dijo que era una clase magistral y no se podía interrumpir;, si había dudas al final se debían aclarar. Los exámenes eran tremendos, y contestar mal una pregunta -tal vez la primera- podía ser el fin del examen con un uno. Por supuesto aprendimos hematología como nadie y las reacciones citoquímicas ni les cuento. En aquel tiempo el Dr Grignaschi estaba haciendo un trabajo sobre cromatina sexual y pidió a sus alumnos (eran los de la tercera promoción) si querían ser voluntarios. La práctica consistía en una pequeña biopsia de más o menos 2 cm por 1cm de piel de la región anterosuperior del muslo. Se cerraba con agrafes no muy estéticos, de modo que todos los voluntarios quedaron con una cicatriz identificatoria, Susana la tiene. Se han contado historias de reconocimientos por esta cicatriz.

Una anécdota: algunos alumnos de la 4ª promoción andaban mal y Grignaschi les ofrece un repaso en el Hospital Rivadavia. Un grupo de compañeros fueron para allá. Además de repasar tenían la inconfesada intención de «hacerse ver» para mejorar la imagen. Grignaschi les ponía un elemento en la punta de el «pelo» del microscopio y secamente les decía: policromatófilo, por ejemplo, todos desfilaban asintiendo con la cabeza. Hete aquí que alguien movió la platina y el elemento desapareció, por supuesto nadie se animó a decirle al profesor lo que había ocurrido. El último en mirar fue Chichín García Morán... Grignaschi volvió al microscopio y con voz tonante dijo -¡se puede saber que están mirando ustedes! -. Ahora pasados mas de 60 años de lo que cuento parece una hecho sin importancia, pero en aquel momento y con Grignaschi era como «la muerte civil» de los responsables. Como extracurricular se dedicaba a la caza mayor e inclusive tiene un libro sobre el tema.

El Dr. Ortiz de Zárate, excelente docente y excelente tipo nos dio genética unas cuantas clases teóricas y neurohistología con unos preparados -decían que habían pertenecido a Jakob- que eran una maravilla. El final de Histología consistía en un paseo por las distintas mesas (en la facultad no se sacaban bolillas de modo que podían preguntar de todo). No te salvabas de Vasena, Grignaschi (si tenías suerte podía ser Devoto) y Ortiz de Zárate. Era realmente muy exigido.

Alois Bachmann fundador y primer presidente de la sociedad argentina de inmunología nos daba inmunología, lo hacía en la Academia de Medicina, donde estaba instalado el laboratorio, era un tema complejo pero nos puso en onda en un asunto realmente novedoso.

Bioquímica era la tercera materia médica, que como dije estaba dividida en I: general, hidratos de carbono, lípidos y proteínas (que se veía en primer año) y II que era los correspondientes metabolismos ( en segundo). Nuestro profesor fue un bioquímico Rolandi que explicaba muy bien pero era una ametralladora y cubría el pizarrón de fórmulas y con nuestro afán de tomar apuntes siempre estábamos desfasados, empezaba a borrar y era un solo lamento. Pero aprendimos...

Prácticos hicimos muy pocos, vimos un foto colorímetro y cómo funcionaba. Usamos como texto Deulofeu y Marenzi.

Matemática. En este aspecto creo que fuimos pioneros o por lo menos innovadores. El plan consistía en ver matemática en 1° y 2° para llegar a 3° donde estudiábamos bioestadístca. La intención era que los médicos deberían hacer sus propias estadísticas y también saber interpretarlas. Como en la orientación de la Facultad había una inclinación hacia la investigación, era imprescindible conocer ésta materia.

El profesor era Manuel «Manolo» Martínez Prieto ingeniero sanitario, exalumno del Colegio (medalla de Oro) un tipo macanudo que nos metió en la cabeza desde “el concepto de suma” hasta integrales. Para los aspirantes a médicos la matemática, en general, era una materia odiada, pero Manolo logró que conociéramos y entendiéramos temas que ni siquiera habíamos soñado, pero en algún rincón de nuestra mente nos surgía “y esto, ¿para qué nos sirve?”. Para mí un gran tipo que nos «abrió el cerebro», y además fue el único 10 que me saqué en la carrera. Fue él, la primera persona, por lo menos en lo que a mí atañe, que nos habló de ecología (creo que ese término todavía no sé si existía). Me acuerdo que nos dijo algo que ahora parece muy evidente pero que nunca me había planteado. “Donde vive el hombre arruina el ambiente”. y habló de la contaminación de las napas, de los hidrocarburos etc.

Materias humanistas

El entonces sacerdote jesuita P. Juan Rodríguez Leonardi (nuestro decano) había entrado en la compañía siendo ya médico. Los jesuitas cuando veían a algún sacerdote que tenía buena madera lo mandaban a estudiar a Europa o a EEUU. En Europa estudió en los mejores centros psicológicos, nos daba Psicología I. Nos dio la teoría freudiana. Todo lo relativo a la teoría de los instintos, complejo de Edipo y las diferencias con Adler y Jung. Estaba muy entusiasmado con Freud, pero éste tenía algunas teorías críticas bastante duras con las religiones. Pienso ahora que este era el primer curso de tres, psicología II y III,) que estarían concatenados y llegaríamos a un conocimiento más orgánico. Lamentablemente no fue así. Con “el cura” como lo llamábamos nos pasó algo que en ese tiempo era novedoso. De un día para otro dijo que iba a, creo, EEUU para algún tipo de perfeccionamiento, y se fue. Me acuerdo que hicimos una colecta y le regalamos una lapicera Parker. Cuando la recibió hizo un comentario irónico, pues nosotros lo criticábamos porque era bastante arbitrario (aunque aclaro no es el término exacto). Tiempo después nos enteramos que se había reducidoy se había casado con Mirita Del Sel secretaria de la carrera de Psicología. Lo reemplazó como decano el Dr. Horacio Rodríguez Castells, neumónologo, que fue ministro o secretario de salud de algunos gobiernos de facto. Ejerció el mandato hasta 1969. Fue el que me firmó el título.

Rodriguez fue el primer sacerdote que conocí que se había reducido y como entre las obligaciones que contraía (y en aquellas épocas se cumplían) era que no frecuentara los lugares habituales donde desenvolvía sus actividades como sacerdote, desapareció. Lamentablemente lo siguieron un montón de sacerdotes, entre ellos muchos jesuitas, algunos entrañables maestros y amigos, pero así fue. Muy posteriormente cuando la facultad cumplió 25 años, los vimos nuevamente en el acto que se hizo. Supimos que él había formado una familia cristiana muy numerosa y que con su esposa Mirita (María Edelmira Del Sel) organizaron y dirigieron el Centro de Formación Permanente San Roberto Bellarmino.

Filosofía I realmente se me ha ido totalmente de la memoria. En la libreta universitaria figura un Prof. J. Prado que no recuerdo.

Comentarios: Los que se fueron. Varios compañeros habían iniciado las dos facultades pero rápidamente dejaron El Salvador y siguieron con la UBA. Me acuerdo de Raimondi, Baldi, Chiappe que creo se fue a la de Córdoba, el fraile Felgueras. Guillermo Felgueras merece algunos renglones. Era ex-seminarista y muy religioso por lo que se ligó rápidamente el apodo de “fraile”, dicho con cariño. Tocaba la guitarra y tenía mucha empatía sobre todo con las chicas. No se cómo, pero tenía una conexión con la TV y las llevaba como coro, ( Susana fue parte de ese coro) para tocar la guitarra en la Misa que se televisaba los domingos.(¡qué tiempos!). También fue él quien conversó (¡en latín!) con el Abbe Pierre cuando nos visitó .

Estas pérdidas de compañeros nos producían cierta ansiedad y recelo, ya que todavía la ley de Universidades Privadas no estaba reglamentada. ¿Sería seguro continuar en la del Salvador?

A esto se agregaba un malestar que había entre los alumnos porque, aunque estábamos en contra del gobierno tripartito, no éramos escuchados. Cuando ingresamos se nos hizo elegir una especie de tutor ético-intelectual o algo parecido. Yo elegí a Funes de Rioja que me había encantado por su modo de ser, aunque nos dio muy pocas clases...nunca me llamó. Había deficiencias, algunas no pequeñas, (por ejemplo embriología) que nos preocupaban.

Cuando ingresamos nosotros, ya estaba funcionando el L.E.M.S. (Liga de Estudiantes de Medicina del Salvador) una agrupación más orientada a lo social, pero que fue eje de algunas discusiones teóricas. En fin, el malestar estaba, había deficiencias y no nos escuchaban, teníamos la sensación que la facultad se manejaba como «la estancia» y el mandamás era el «Cura».

Seguían los bailes (tipo asaltos) en las casas de familia y los picnic en al quinta que tenía el Colegio en Ituzaingó. Tambien recuerdo la quinta de Maria Gracia Caleti (Mariagrazia) en San Isidro donde fuimos varias veces. La casa de Anita Scarlatti donde hicimos varias reuniones. Perdón por los que puedo olvidarme. Realmente nos divertíamos y eso aumentaba la confraternidad entre nosotros. Lógicamente eran un grupo grande, siempre los mismos, los que concurrían. Había otros, más alejados.

Medicina Preventiva. Tengo pocos recuerdos, las clases eran muy charladas, hice una especie de monografía de biotipología.

Agrego este hecho en primer año, pues casi seguro que ocurrió en 1960: Recuerdo previo; La UCR se había dividido en Intransigente que respondía a Frondizi (que sacó en las cámaras el proyecto Domingorena que permitía la creación de Universidades Privadas) y del Pueblo que lideraba Balbín y era la continuación del viejo radicalismo laicista. En el fondo eran todos radicales. No sé quién presentó un proyecto en el Concejo deliberante, por el que se prohibía a los estudiantes de medicina de universidades privadas hacer las prácticas en hospitales municipales, estos eran sólo para los alumnos de la UNBA, nos partía por el medio, pues era

insoñable que el Salvador tuviera un hospital escuela. Fue el último manotazo de ahogado de la “laica”. El concejo deliberante estaba conformado por radicales, la mayoría intransigentes, después del pueblo, socialistas y un demócrata cristiano que era Salvador Busacca. Nuestro compañero Cesar “Lolo” Rodriguez era activista de la DC y muy conocido de Busacca. Éste le había sugerido que fuéramos un grupo grande a las tribunas para aplaudir los discursos de los que estaban contra el proyecto que estaba apoyado por UCR del Pueblo y los socialistas y nos consiguió entradas. En aquella época ni soñar otra cosa que aplaudir, no los quilombos que hacen ahora. Fue para mí una experiencia especial, ver la política en acción. Estábamos en las gradas atrás de Busacca así que nos hacía jugosos comentarios. Nos contó por ejemplo que los intransigentes (viejos radicales laicistas) tenían la directiva de defender el proyecto de la libre que era de Frondizi, por lo tanto los hospitales eran públicos y todos los estudiantes tenían derecho a la práctica en sus instalaciones y por supuesto con sus enfermos para la enseñanza (que era libre). La vehemente defensa de la enseñanza libre emocionaba. Había un concejal Garibaldi (puede que falle los apellidos) que tenía un vozarrón impresionante. Cuando se armaba un tole tole el presidente de la reunión tocaba una campanilla y si no tenía éxito en imponer silencio ponía una campana eléctrica que atronaba, pero este Garibaldi seguía hablando y se escuchaba por sobre la campana. Los debates fueron a muerte y al final perdió el proyecto que nos dejaba afuera, así que seguimos usando los hospitales municipales. Tengo entendido que después se llegó a un arreglo.

1 de abril de 2026

Juan Manuel Sáenz Cavia "Las crónicas" - vol II


EL INGRESO

   Dos hechos de diferente importancia dieron un cambio radical a mi futuro. El

primero fue que el P. Rodriguez Leonardi, mi profesor de Higiene en el Colegio (y

Decano Fundador de la Facultad de Medicina del Salvador) me mandara a marzo,

de una forma bastante injusta, lo que determinó que no pudiera anotarme en el

ingreso a Medicina de la UBA, pues para inscribirse había que tener el título de

bachiller. Igualmente, junto con mis compañeros de colegio, Jesús María Aranda y

Domingo Eduardo García Morán hicimos el curso como oyentes con la intención de

darlo libre, cosa que sabíamos era harto difícil.

   El segundo, mucho más doloroso, en enero del 59 (mientras yo estaba cursando

como oyente en la UBA) falleció mi querida hermana Adela, que era el nexo que

tenía con la Universidad Nacional, pues ella cursaba el 3er año y me transmitía su

entusiasmo.

   Aranda había iniciado el ingreso también en El Salvador en agosto del  ́58 y lo

había abandonado. Averiguó que podía reinscribirse él e inscribirnos nosotros en la

segunda parte (en verano) pero con la desventaja grande de no tener el puntaje del

curso de primavera. Los tres nos inscribimos. En lo que a mí atañe con gran

satisfacción del Cura Rodríguez, mi verdugo en Higiene.

Acá se inicia mi relación con la USAL.

   El ingreso en El Salvador era limitado. Había solamente 60 vacantes para ingresar

a primer año y entraban los 60 primeros promedios. Estaba estructurado en dos

partes: la primera comenzaba en la primavera del año en que los estudiantes

cursaban 5° año y terminaba en diciembre con los parciales. Se reiniciaba en

febrero. A fines de marzo se daban los finales, los 60 primeros iniciaban primer año

en abril.

   Dos características lo diferenciaban del de la UBA: cualquier título secundario era

válido (bachiller, perito mercantil o magisterio) y no importaban las materias que

podías adeudar del secundario; eso sí, era condición indispensable tener el título

para inscribirte en primer año. Lo primero proveyó a la facultad de excelente

material humano que no podía ingresar a la UBA por no ser bachiller, ya que las

equivalencias en general se transformaban en una vulgar matanza didáctica . El

argumento era que el ingreso suplía en los no bachilleres las carencias que tenían

sobre todo en física y química. El segundo no tenía fundamento lógico, salvo el que

pésimos estudiantes secundarios fueron a posteriori excelentes alumnos y

aventajados profesionales.

   El ingreso constaba de las siguientes materias: química y física que las daba un

antiguo profesor del colegio, excelente docente, Angel Zotta; Matemática: Ingeniero

Diego Velázquez; Biología: Prof. Santos Lara; práctica de Anatomía: se estudiaba

Osteología y la daban los ayudantes de la Cátedra de Anatomía; Práctica de

Histología: que también la daban los ayudantes de la cátedra correspondiente y se

veía histología general y los tejidos básicos. De manera que al iniciar el primer año

se comenzaba con los aparatos y sistemas. Este asunto de las prácticas hacía que el

alumno de ingreso tomara contacto con la carrera de medicina, lo que le sacaba la

aridez propia de los estudios teóricos. Formación intelectual: el P. Juan Rodríguez

Leonardi.

   Ocurrió algo curioso con los ingresantes. Dos de los que habían entrado debían

una materia de 5° año por lo que lo hicieron en forma condicional. Eso determinó

que los N° 61 y 62 también ingresaran por si algunos de los que tenían que

completar el secundario fuera reprobado. Al final, éstos aprobaron y los otros dos

también quedaron. En total entraron 62, yo era el 63...

   De esta promoción con la que compartí febrero y marzo del 58 que conformaría,

los que completaron el curriculum impuesto por la facultad, la tercera promoción

(1965) recuerdo a:

Ingresantes en el año 1957, se graduaron en 1963:

Delorme, Ricardo;

Krolz, Marta;

Martín, Luis

 Mercuri, Jorge.


Ingresantes en el año 1958, se graduaron en 1964:

Albertinazzi, Elba

Armesto Hugo**;

Bianco, Mabel;

Egozcue, Mercedes;

Klappenbach, Alejandro*;

Macome, Juan**:

Marino, Pilar;

Pinasco, Ignacio**;

Pistol, Delia;

Raffo Magnasco, Isabel;

Ridruejo, Ovidio

Van Houtte, Isabel**

*Significa que abandonó la carrera.

** Significa que se graduaron con los de la siguiente promoción.


DONDE FUNCIONABA LA FACULTAD

   En principio el colegio cedió para el funcionamiento de medicina, parte del ala

NO, lo que corresponde a la calle Río Bamba hacia Lavalle. En el 1er. piso estaba el

museo de ciencias naturales del Colegio con su correspondiente laboratorio. En él

funcionaban las cátedras de anatomía e histología. El aula de química del Colegio

con su laboratorio donde se hacían los pocos prácticos de química y física y

funcionaba como aula para la facultad. El aula de física, también como aula

universitaria y en el 2° piso donde estaban las habitaciones de los internos (ya el

colegio hacía varios años que no tenía pupilos) se separaron en boxes y se instaló

fisiología. También en el 2° piso, pero en el extremo opuesto se armó el laboratorio

de microbiología (todo esto era para uso permanente).

   Las clases teóricas se daban en otras aulas, que se compartían con el colegio,

pero a partir de las 5 de la tarde. Posteriormente el colegio también cedió la sala de

dibujo, contigua al museo, donde se instaló anatomía y la secretaría.