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Juan Manuel Sáenz Cavia “Las crónicas"

A manera de prólogo    El hallazgo de mi libreta universitaria fue el empujoncito que necesitaba para hacer este escrito. No lo puedo llamar...

11 de mayo de 2026

Juan Manuel Saénz Cavia - "Las Crónicas" vol V

TERCER AÑO

   Fue mi año más complicado. El 2 de febrero fui incorporado al ejército, a la compañía de Servicio y Abastecimiento del Hospital Militar Central Cirujano Mayor Dr. Cosme Argerich. Esta es historia mía, personal y muy aburrida, pero igual la voy a contar. Por suerte no me quedó ninguna materia para marzo así que pude disponer de febrero y marzo para hacer la instrucción militar me ocupaba mañana y tarde y volvía a la nochecita reventado. En abril nos dieron los destinos de modo que podíamos acomodar nuestra vida. En ese momento empezaban las clases.

   Me había encarajinado (perdón ) en no perder el año. Me acomodé muy bien gracias a un amigo de la clase saliente. Fui al servicio de cirugía de mano dependiente de traumatología de Jefes y Oficiales del médico López Barrios, gran tipo si los hay. Lo acompañaba un médico civil, también traumatólogo y también buen tipo, Pigni Garzón. De modo que de 5.50 am ( hora que entraba) hasta 7 am dependíamos de la Compañía. Desde las 7 am hasta las 13 pm estaba en el servicio, de ambo y el trato de enfermero. A las 13 hs nos soltaban a veces hasta el otro día (los menos), pero casi todos los días hasta las 16pm y ahí sí, hasta el otro día. Cada 3 a 5 días de guardia de prevención: 24 horas de soldado.

   Anatomía patológica: El tercer año empezó mal. Croxatto ( jefe de patología del Muñiz, un capo) que era el profesor de anatomía patológica, con el cual nuestros compañeros del año anterior estaban muy contentos, había renunciado. En histo nos dio una clase sobre histología del alvéolo pulmonar, pues él compartía con otros histólogos la teoría de la existencia de un poro (el poro alveolar). Tenía una facha estrafalaria, el delantal no veía el lavarropa desde hacía meses y el bolsillo del pecho gris de tanto sacar y poner la birome. Vino con un discípulo que le hacía funcionar un proyector de diapositivas casero. Lamentablemente cosas que pasaban en la facultad. El año empezado, y sin profesor. A mí me vino muy bien pues era un alivio, una materia menos. Por fin, en junio, apareció Bramendi, patólogo del Registro Nacional de Patología. Tenía 6 meses para dar una materia muy extensa por lo que, no vimos todo el programa. Presenciamos y participamos en varias autopsias, siete u ocho. Beramendi dictaba lo que veía y algún alumno, generalmente Mario Díaz que tenía una letra perfecta tomaba nota. Le gustaba hacer bromas, aprendíamos y nos divertíamos. Teníamos dos ayudantes que eran médicos: Deschamps y Besuchio…que eran también muy didácticos.

   Microbiología: El profesor titular era Casimiro Rechniewki, un bacteriólogo, título que creo no existía más. La bacteriología la hacían los bioquímicos o los médicos. La materia consistía en Microbiología; Parasitología que la dictaba Pedro Garaguso; Inmunología la dictaba Aloise Bachamann, micología y virología.

   Arrancamos con micro. Nos dio algunas teóricas y nunca más lo vimos. Pero esta materia nos preparaba una sorpresa. Alicia Farinati y José María Casellas armaron un laboratorio, en un sucuchito del entrepiso del antiguo internado donde cabían cómodamente 10 microscopios, estufas y todas los demás elementos para un laboratorio de microbiología. Ellos habían confeccionado una guía de trabajos prácticos en la que estaba todo lo que necesitábamos desde el Gram hasta el Ziehl Nielseen, siembras, cultivos en medio líquido, placa, hasta reacciones químicas para identificar el germen. Cuando les contaba a mis colegas que nosotros en la facultad sembrábamos, identificabas gérmenes, detectábamos TBC no lo podían creer. El nivel académico era de lo mejor.

   Teníamos prácticos semanales. Como ya comenté, Alicia hizo toda la carrera en la facultad hasta Profesora Emérita.

   Parasitología: La daba Pedro Garaguso, parasitólogo de la Casa Cuna. La dábamos en una especie de salón separado del resto del edificio donde tenía el laboratorio y un aula exclusiva para él. Era el día lunes toda la mañana, (me acuerdo bien pues mi jefe en el Hospital Militar me daba permiso para salir toda la mañana con tal de estar para las 13 horas que era la formación). Era un investigador, y en ese momento, estaba, entre otras cosas, con la toxoplasmosis que era una novedad. Derecho como una tabla tanto física como moralmente. Si se enteraba que estudiabas por el libro de Rey Millares te “mataba” pues decía que era una copia del texto anterior de Greenway y era verdad (hasta el ilustrador Ramón Rey era el mismo). Algo pasó en la UBA durante el primer gobierno de Perón pues Millares escribió el libro en 1948 y a Greenway creo que le pasó lo mismo que a Houssay.

   Volviendo a la cátedra, Garaguso era muy buen docente, aunque algo excéntrico, tenía un laboratorio completísimo y nos creó conciencia de la importancia de la parasitología. Un día lo trajo a Llambías, un cirujano pediátrico de nota (jefe de servicio) para hablarnos de hidatidosis. En esa época Garaguso estaba experimentando también con lo que él llamaba “tratamiento biológico de la hidatidosis” basado en inmunología para quistes inoperables. Consultado sobre el tema Llambías, en tono de broma dijo “los engorda”. Garaguso le siguió la chanza. El primer parcial nos entregó una hoja con 150 preguntas (me acuerdo el alboroto), Miguel Hoffmann terminó primero, en más o menos una hora, yo segundo, siempre apurado para faltar lo menos posible al servicio.

   Farmacología: Lo tuvimos a Matías Martínez. (Voy a hacer un esfuerzo para ser lo más parcial posible.) Materia árida y difícil si se quiere. Lógicamente las clases eran teóricas, estudiábamos por Litter. Sigo con Martínez, era médico del Tornu, creo que especializado en tisiología. Realmente el titular era Ochoa un farmacólogo que fue también titular de la UBA, ahora jubilado, y Martínez era su discípulo. Lo vimos pocas veces casi únicamente en los exámenes y era un tipo muy justo. Martínez era muy didacta y explicaba muy bien, era muy exigente y no iba a obtener un premio a la simpatía. No ocultaba su antipatía por las llamadas por Leonardi, parejitas científicas (es decir compañeros y novios). Estábamos de novios con Susana desde el inicio de 2° año y no ocultó su antipatía desde el inicio de clases. A Susana se cansó de bocharla. Fue una de las causas por las que abandonó la carrera. Yo estaba en la colimba y cuando comenzaron las clases, me di cuenta que cuando iniciara anatomía patológica no iba a poder con las 3 materias entonces decidí dejar para hacerla junto con 4° así que lo que cuento ahora pertenece al año ´63 Ya que la materia la cursé con la 5a. promoción. Voy a contar mi examen final. Tomaban separado Ochoa y Martínez cada uno a un alumno para ir más rápido, y yo tuve la suerte de que me tocara con Ochoa. Martínez liquidó rápidamente al compañero al que estaba tomando y corrió su silla, se sentó al lado del titular para compartir la toma de mi examen. Apenas terminé el tema que me había tomado Ochoa, que no recuerdo que era, pero lo había sorteado bien, Martínez tomó el comando de mi examen y en seco me lanzó: “estimulantes y sustitutivos de la secreción gástrica”. (4 carillas de las 1500 hojas que tenía Litter). Cualquiera que haya cursado farmacología se hubiera dado cuenta que era un dardo envenenado,… pero yo lo había estudiado y empecé a escupir amargos, ácido clorhídrico, pepsina, etc. Ochoa que debe haber sospechado cierta antipatía cortó el examen y lo dio por terminado. Modestia aparte el examen fue muy bueno…pero me puso un 5.

   Un compañero que en ese momento estaba en “capilla” me comentó: “¡cómo te tiró a matar Martinez!” Lo juro, fue la única vez en mi extensa cadena de exámenes primarios, secundarios y universitarios que tuve la absoluta seguridad que querían bocharme… con Susana lo consiguió. Los sigo aburriendo…como yo esto lo presentía, fármaco la cursé con las de 4° y dejé pasar todos los turnos de noviembre y diciembre y la di sola en este mes, es decir todo noviembre y lo que quedó de diciembre del ´63 la preparé en forma exclusiva.

Tengo entendido que Martínez hizo una gran carrera docente pues creo llegó a decano.

   Otro tema fue Anatomía patológica. Llegaba junio y no pasaba nada, un día llegó la noticia “tenemos profesor de ana pato”. El profesor era José María Beramendi, patólogo del Registro Nacional de Patología que funcionaba al lado del Instituto de Gastroenterología Bonorino Udaondo. El Director era Brachetto Braian, profesor de la UBA y tenía escrita (por lo menos) una guía de trabajos prácticos. Quedaba en Parque Patricios frente a la plaza de la peste, en realidad se llama parque Ameghino y tiene un monumento a los caídos asistiendo a pacientes con fiebre amarilla. Del otro lado estaba el Muñiz, y al lado, la cárcel de Caseros. Lo asistían como ayudantes los Drs Deschans, joven gordito, simpático que se comía las eses y decía “occila” y explicaba muy bien. Cuando hice el internado en Clínica, era patólogo en el Ramos Mejía. Llegó a ser profesor titular de la UBA. El otro, Santiago Besuschio era serio, siempre vestía de oscuro y también muy buen docente. Nos daban la microscopía, porque ya había sido superada por las diapositivas. También algunas teóricas. Las autopsias, habremos hecho 5 ó 6, con Beramendi. Cuando llegábamos estaba el bloque en la bandeja y él dictaba los hallazgos a alguno de los compañeros, que generalmente era Mario Díaz, porque tenía muy buena letra y le seguía las bromas, pues siempre hacía chistes. Estaba muy entusiasmado con la “degeneración fibrinoide del colágeno”, algo que mucho no entendíamos. El último docente era Alberto Mieres, patólogo de la Casa Cuna, veterinario primero y posteriormente médico. Con él vimos varias autopsias de niños, era sordo y ceceoso, sabía muchísimo y explicaba muy bien, pero no le gustaba que le gritaran, hacía comentarios jocosos no médicos, como por ejemplo “si supieran como se hacen las salchichas no las volverían a comer”.

   Reemplazó como titular a Beramendi cuando un desgraciado accidente le quitó a éste la vida. El resultado fue regular, por supuesto no terminamos el programa, pero vimos mucho. El repaso de un parcial nos los dio el encargado del museo que conocía las piezas de memoria. Hablando con un colega recibido en La Plata se asombró que hubiéramos presenciado autopsias pues él no había visto ninguna.

   Del ciclo humanista teníamos Ética, que nos la dictaba el P. López Jordán S.J. Era un jesuita con formación y muy buen docente. Nos dió un curso muy bueno. De gesto adusto, se prestaba al diálogo y era muy ameno. Recuerdo una charla que tuvimos con él con Susana. Le ayudé muchas veces a ir a Misa, y era llamativo el fervor con que la rezaba. Fue el representante de La Nación, diario en Roma durante el concilio y un gran defensor de los judíos de las críticas que recibían pues negaba que fueran tratados de deicidas.

   Psicología III: tengo la libreta firmada por el P. Pedro Moyano S.J. pero no recuerdo ni siquiera de haberlo conocido, una gran laguna. Era decano de la facultad de psicología. No sé dónde hacer entrar a Rodríguez Amenabar y probablemente sea acá. Había sido un avanzado seminarista de los jesuitas, había salido y era psicólogo. Un tipo maduro y muy ameno. Muy buen didacta. Recuerdo una interpretación psicoanalítica que hizo del tango de Gardel “Mi noche triste” y entre las explicaciones, el sentido psicoanalítico de – la guitarra del ropero todavía está colgada – serían los genitales del protagonista al faltarle la “mina” y no tener relaciones sexuales.

   Bioestadística: nuevamente con Martínez Prieto, cálculo de probabilidades, campana de Gauss, desvío estándar, diferencia significativa que es lo que más se usa en investigación médica. Aburrido, difícil, pero creo que llegamos a comprender un trabajo estadístico.

   Otra experiencia que tuvimos ese año y que había olvidado y, que se habló extensamente en el grupo WS, fue el incendio. Ocurrió cuando anochecía y se inició en el sector medio que da a la calle Lavalle, sin llegar a la parte donde funcionaba la facultad. Alicia Farinati cuenta que con German Armesto y Jorge Mércuri fueron a la terraza a correr las jaulas donde estaban los perros de fisiología hacia la zona que da a la calle Rio Bamba para que no los alcanzara el fuego. También rescataron los microscopios. Susana y yo salimos por la Iglesia y nos siguieron un grupo importante de estudiantes, pues la salida de Callao y el patio de las palmeras estaba atiborrado de gente.

   Evidentemente el Colegio no estaba preparado para una rápida evacuación. En principio parecía que el fuego iba causar un desastre (me acuerdo la desazón que sentí, pues el fuego consumía una parte muy importante de mi vida) pero afortunadamente fue controlado y se limitó a un grupo de aulas en la parte que se había iniciado.

CUARTO AÑO

   Año bisagra. Entramos en los hospitales a ver enfermos, por fin comenzaba el motivo de nuestra vocación. Cabe hacer una aclaración, cuarto año era el inicio de las patologías: Interna se transformó en Medicina I (semiología) y medicina II y III las distintas especialidades clínicas. Patología externa eran las Cirugías: I (técnica quirúrgica) y II Y III el resto de las patologías. En mis cinco meses de colimba, cuatro había trabajado como ya dije en el Servicio de Cirugía de la mano de modo que había asistido al consultorio, a cirugías, también había hecho anestesias infiltrativas y tronculares en la raíz de dedo pero algo muy limitado.

   Semiología sería el eje de nuestro aprendizaje médico y la suerte nos puso en la Sala 1 del Ramos Mejía cuyo jefe y profesor era Lucio Sanguinetti. Se me hace difícil, ahora sesenta años después, buscar las palabras para explicarlo. Sanguinetti pese a ser apurado, casi diría atropellado en su accionar con una parla rápida, que salteaba sílabas, transmitía sus extensos conocimientos acompañados de su ojo clínico, estupendamente. Eran tres salas, dos grandes (hombres y mujeres) y una chica (hombres) dividida al medio donde funcionaba el aula. Tenía servicio propio de radiología que había donado LALCEC y se hacían seriadas, en aquella época lo más avanzado en diagnóstico digestivo, laboratorio con diagnóstico por fotocolorímetro que manejaba la Dra Sobron y una pantalla fluoroscópica con la que hacíamos radioscopia. Endoscopía con esofagoscopio y rectoscopio rígido y un gastroscopio semirígido todo una novedad en ese tiempo. Íbamos de lunes a sábado de 8 a 12 hs. Nos separaban en comisiones de 6 ó 7 estudiantes a cargo de un médico de la sala y veíamos pacientes, después un descanso, luego una clase teórica, y nuevamente práctico. Eran 24 horas semanales. Digno de recordarlo fue que hablaron con el capellán y accedió a darnos la comunión fuera de la misa todos los días en el rato de descanso. Éramos unos cuantos los que comulgábamos. Volviendo a la materia todo estaba orientado a la semiología y diagnóstico por imágenes, aunque a veces los docentes se extendían un poco y nos daban algo de su especialidad lo que disfrutábamos mucho. Todos eran clínicos pero estaban orientados a especialidades.

   Estudiábamos con la Biblioteca de Semiología de Padilla y Cossio, aunque secreciones internas recomendaban a Stafieri. Teníamos parciales al concluir cada aparato o sistema. Lo novedoso fue que algunos compañeros de los de la promoción anterior (recuerdo a Atilio Barbeito, Raúl Mango) y otros que ya cursaban 5° y tenían semio aprobada, entraron a la Guardia Médica como existía antiguamente: un practicante mayor, dos practicantes menores, adscriptos y concurrentes. El que entraba último era el “último perro” y hacía todos los trabajos desagradables. Era una guardia muy particular, donde no admitían mujeres y los manteos eran feroces, digamos a la vieja escuela. De la promoción anterior estaba Atilio Barbeito y creo que Carlos Vermal, de la nuestra Lolo Rodríguez, José M Ceriani. Estas guardias de las que ya hablaré más adelante eran muy importantes para nuestra formación pues nos ponían en contactos con consultorios externos, una de las falencias de nuestra facultad, y tenían acceso a patologías agudas y sus eventuales resoluciones.

   Recuerdo algunos de los médicos del staff de la sala: Carlos Bradley, Carlos Sanguinetti, Luis Shapira (más tarde profesor de clínica médica en nuestra facultad). Juan C. Bacaro, Ángel Centeno, Bendito, López Fresco. Muy importante fue que nos enseñaron también el trato con el paciente, que dejó de ser un número de cama o una enfermedad, pues hay que respetarlos en su dignidad humana, al fin y al cabo es un hombre que sufre. Y lo otro muy importante relacionado con el diagnóstico “no hay enfermedades, sino enfermos". Por supuesto que a esto hubo excepciones, pero fueron eso, excepciones. Cuando aprobé me metí en una guardia, todo lo contrario de la que describí. El jefe era un cirujano, Etchebarne muy serio, del mayor no me acuerdo el nombre y tenía inclinación por la obstetricia y había retrasado su graduación, 2 ó 3 años, quería seguir en la guardia, porque automáticamente cuando te recibías dejabas de ser practicante. Este fenómeno no era muy infrecuente pues la guardia era atrapante. De los menores uno era Dal Bo que se la tenía creída, (fue parte del equipo que reformó sabiamente la medicina pública de Rio Negro) la otra era una chica que se orientaba a la pediatría, era muy didáctica y nos enseñó muchas cosas. Recuerdo que tenía una libreta donde anotaba todo lo que le parecía de interés, costumbre que yo después adopte. Entré junto con Artusi de la UBA de 4/5 año y sobrino del médico asistente o agregado (desconozco los cargos) por eso teníamos un Artusi y un Artusito. Estuve los tres meses de verano y en marzo me agarró una hepatitis por lo que abandoné cuando iniciaron las clases.

   Cirugia I, técnica quirúrgica, venía un equipo de varios cirujanos el profesor se llamaba Galarce y Di Salvo fungía como adjunto. Nos dieron algunas teóricas e intentaron hacer una apendicetomía en un cadáver, cosa que fue imposible pues esos cadáveres formolizados parecían de cartón e imposibilitaban las maniobras. Usábamos un libro (2 tomos) “Técnica quirúrgica de Christmann, Ottolenghi, Raffo y Von Grolman”.

   La otra novedad de 4° fue fisiopatología que la veíamos como materia aparte. En las clases de semio ya habíamos visto extensamente la “fisiología del síntoma”, los grandes síndromes: cianosis, edema, reflujo gastroesofágico, hubo superposiciones pero nos vinieron muy bien pues nos agilizó en la comprensión de temas fundamentales. Las materias las desarrollaban los mismos que nos habían dado fisiología y después los repetiríamos en clínica.

Del ciclo de medicina preventiva no tengo recuerdos.

   Del ciclo humanista vimos Teología I con el padre Jacinto Luzzi. Fue el año que se inició el Concilio Vaticano II. Se había abierto un fuerte debate dentro de la Iglesia, por los anticonceptivos orales, todavía no se había publicado la Humanae Vitae, recién lo haría Paulo VI en 1968. Algunos grupos católicos amparados en la no definición los indicaban. “Todo lo que no está expresamente prohibido está permitido” vs “todo lo que no está expresamente permitido está prohibido”. Las clases eran amenas y tocamos algunos temas, recuerdo el pelagianismo y el pseudopelagiansmo, oración y acción. Se perfilaban diferencias entre los que querían los cambios, progresistas y los que se resistían al cambio, tradicionalistas. Las discusiones a veces se ponían bravas. Me atrevo a una opinión personal, había una fiebre de que todo lo nuevo era bueno.