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Juan Manuel Sáenz Cavia “Las crónicas"

A manera de prólogo    El hallazgo de mi libreta universitaria fue el empujoncito que necesitaba para hacer este escrito. No lo puedo llamar...

26 de mayo de 2026

Juan Manuel Sáenz Cavia - "Las Crónicas" - vol VI

 QUINTO AÑO

Iniciábamos con las especialidades.

Dermatología: profesor Luis María Baliña. Acá hay que hacer una breve referencia.

Baliña (siguiendo a su padre) se especializa en lepra y fue el trato con los leprosos lo que lo

hizo distinto. Años más tarde de nuestra cursada luchó y consiguió cambiar la antigua ley

sobre la lepra que había hecho su padre por una nueva, en la que se suprimía los

confinamientos de enfermos de lepra, ya que con los tratamientos nuevos era innecesario

separarlos de la familia, y éstos se podían hacer en forma ambulatoria. Entrevistando a un

discípulo suyo dijo “Baliña veía el rostro de Cristo en cada enfermo de lepra”. Recibió

varios premios de la Academia y fue presidente de varias sociedades.

Decano de nuestra facultad desde 1971 a 1973. Fin de la referencia. La dábamos en el

Muñiz donde había mucha patología. Usábamos como texto el Manual de Dermatología de

Juan Carlos Gatti (profesor asistente ) y José Esteban Cardama (profesor auxiliar de

nuestra facultad) ambos también eran docentes de la UBA. Los tres nos dieron la materia

en forma diaria durante un mes; muy buenos docentes. Hubo algunos temas que nos los

dictaron otros médicos, pero no los recuerdo. Un día se armó un revuelo porque habían

internado a un muchacho que venía de Misiones, al que fuimos todos a ver, con el

supuesto diagnóstico de viruela, enfermedad que hacía años que no se veía en Argentina

pero fue negativo.

Otorrinolaringología. La cursamos en el Italiano. El Profesor era Juan Manuel Tato, tal

vez uno de los docentes con mejor currículum de nuestra facultad. El texto era el de Diaz

Viale. Era un amplio salón dividido en boxes donde se atendían los pacientes. A mi me tocó

Lockart, que había sido jefe de servicio interino hasta que ganó por concurso la titularidad.

Tato, que lo acompañaba su hijo “Tatin”, Mascias y otros profesionales que no recuerdo.

En aquella época causaba furor la cirugía de la sordera producida por otosclerosis. Tato

fue unos de los precursores de la audiología y la estapedectomía entre otras cosas,

realmente aprendimos mucho.

Radiología: materia esperada. El titular era Manuel Malenchini, todo un capo,

compartiría con Tato un currículo envidiable. Fue el radiólogo de los Finochietto en el

Rawson y un verdadero maestro. Nos dió la primera clase que fue muy buena mostrando

sus dotes docentes y en placas lavadas gráficos teóricos. Decían que tenía una colección

envidiable de imágenes. Fue su primera y única clase, pues murió al poco tiempo. Tomaron

la posta algunos de sus discípulos, Héctor Trecu se hizo cargo de la cátedra. Los hermanos

Volpachio (no me acuerdo los nombre), el que parecía mayor con bigotes era el que más

clases nos daba, y el que parecía menor se lo veía con menos frecuencia, ambos eran

apasionados de la radiología y parecían disfrutar la docencia, tenían una colección muy

buena y nos invitaban a la nochecita a su consultorio en la calle Pinzón en la Boca.

También nos dió una clase Guillermo Palau, de la escuela del Rawson, discípulo de Martela

que fue el sucesor de Malechini. Una exposición magistral sobre una placa de tórax.

Realmente de radiología vimos mucho tanto en la sala 1 del Ramos como en la materia

propiamente dicha.

Oftalmología. Profesor Roberto Sanpaolesi, nos dio un apunte a mimeógrafo. Lo

ayudaban Reca e Infantino, al que años después encontré ejerciendo en Peuhajo y Tejedor.

También había otros jóvenes que lo acompañaban. Fuimos al htal. Pena pero hicimos poca

práctica. Sampaolesi era especializado en glaucoma donde sobresalió mucho. Fue titular de

oftalmología de la UBA y Presidente de la Sociedad Argentina de Oftalmología.

Acá se me presenta una duda. Tengo entendido que si ganabas la titularidad de la UBA

tenías que renunciar a la de la USAL pues eran incompatibles. No lo pudo asegurar.

Traumatología y ortopedia. El titular era “Tatin” Gonzalez. El texto Jorge Vals y col.

Era un traumatólogo importante y lo acompañaba Arce que nos dio algunas prácticas en el

Fernández. Él nos daba las teóricas en el auditorio de la Stapler donde también nos hizo

alguna mostración. Vi mucha traumatología en la guardia del Salaverry, pero eso es otro

capítulo.

Ginecología. El titular era Roberto Nicholson (yo estudié con apuntes de clase. Había un

texto de Conilly y otro de Beacham) un médico muy acreditado que atendía a toda la

sociedad porteña y aledaños. Era un tipo carismático, muy buen docente e investigador,

presidente de la FASGO y fundador de la Sociedad de esterilidad y fertilidad. Estaba

considerado entre los mejores médicos católicos, autor de un libro (entre otros) llamado

“Las palabras de Jesús”. Su adjunto, Zubizarreta, los dos muy buenos docentes y unos

tipos macanudos. En aquella época debutaron los anticonceptivos orales que trajeron gran

controversia en la Iglesia. Por las enseñanzas anteriores de la Iglesia no estarían

permitidos, pero entró en juego el:“todoloquenoestaexpresamenteprohibidoestapermitido” vs

“todoloquenoestaexpresamenteautorizadoestaprohibido”. Recién en 1968 Paulo VI sacó la

encíclica Humanae Vitae que los prohibió recibiendo muchas críticas y rechazos.

Nicholson estaba haciendo en la diócesis de Avellaneda (a cargo en aquella época de

Monseñor Jerónimo Podestá) una prueba piloto, por lo que fue motivo de críticas. Fue el

pionero en Latinoamérica de la fertilización in vitro. Miembro fundador y/o titular de

varias asociaciones ginecológicas y vastos reconocimientos en el extranjero. También fue

profesor titular de la UBA Las prácticas las hacíamos en el Instituto de Cirugía de Haedo

en el servicio de ginecología cuyo jefe era Delfin Vilanova, discípulo dilecto de Ricardo

Finochietto, fundador y posterior presidente de la Sociedad Argentina de Mastología y

otras sociedades más. Los médicos del servicio nos llevaban a los consultorios y a las

recorridas de sala, me acuerdo de Terzian, Comaleras, Serebrysky. Realmente fue una muy

buena cursada y aprendimos mucho.

Nefrología veníamos bastante mal, pues nos había fallado en fisiología, pero en tercero el

equipo de Miatelo nos dio una serie de clases que nos pusieron en onda y fueron muy

buenas. La cursamos también en el Pombo, era muy teórica, pero muy buena. Miatello y su

equipo eran excelentes docentes. Miatello fue uno de los precursores de la punción biopsia

y del trasplante renal. Autor del libro Nefrología con su equipo. Recuerdo a algunos de

ellos: Morelli, Moledo, Medel, Gotlieb. También fue fundador de la Sociedad

Latinoamericana de Nefrología y presidente de la Sociedad Argentina de Nefrología.

Teología II la materia la daba el Padre Diego Lozada, un sacerdote joven del clero secular,

muy progresista. Las clases eran muy disputadas y entretenidas. El Padre era muy abierto y

permitía el diálogo. En una oportunidad pretendió defender al grupo católico Pax polaco,

que era una quinta columna que tenían los soviéticos en la Iglesia, se armó un tole tole

bárbaro que él puso fin cambiando de tema.


SEXTO AÑO

Infecciosas: El profesor titular era Carlos Loizaga. La cursamos en el Htal Muñiz. Creo

que era el jefe de sala. Vimos muchos pacientes. En esa cursada fuimos a la sala de

pulmotores, creo que era la sala I de asistencia respiratoria. En aquella época no había

terapia intensiva. En general eran pacientes tetánicos. También tuvimos la oportunidad de

ver a una paciente con rabia. Ahí conocimos a Raúl Garbugino, muy buen docente, que

luego sería decano durante varios años.

Toxicología. El profesor titular era Alberto Calabrese y su adjunto Emilio Astolfi. Dos

capos, muy buenos docentes y personas. Calabrese con el tiempo ganó la cátedra en la UBA

y Astolfi quedó como titular de la nuestra. Hicieron juntos un libro y Astolfi un pequeño

manual de toxicología “Tratamiento de las intoxicaciones agudas” que nos ayudó mucho a

los médicos generalistas. Ya que estamos en el tema, aunque escape a la USAL, recuerdo la

Dra. Estela Gimenez fundadora del primer centro de asesoramiento toxicológico telefónico

en 1962, que funcionaba muy bien a toda hora, y que a nosotros nos “sacó muchas veces las

castañas del fuego”. Calabrese era también médico legista así que a veces hablaba del tema.

Nos contó que intervino en el primer caso de cirugía de cambio de sexo en la Argentina. La

hizo un urólogo Defazio. Intervino la Cámara Nacional Criminal y Correccional y condenó

al médico por la emasculación, aunque hubiera consentimiento, porque lo consideraba una

persona enferma y hacía la diferencia entre homosexual y transexual. Calabrese hacía

notar la extraña personalidad del sujeto que era una persona madura y físicamente, como

mujer, muy fea.

Psiquiatría la cursamos en el Braulio Moyano con Luis M. Martinez Dalke como

profesor. Era una psiquiatría clásica que se manejaba con los 6 ó 7 diagnósticos

psiquiátricos habituales: esquizofrenia, retraso mental, idiocia, imbecilidad, demencia,

delirios, síndrome maníaco depresivo, etc. Nunca se habló de psicoanálisis. Los psiquiatras

trataban a sus pacientes con medicación (dejemos en el olvido los distintos tipos de shock).

Martínez Dalke fue precursor del shock insulínico para el tratamiento de la esquizofrenia.

Fue presidente de la Sociedad de Neurología y Psiquiatría en 1947. Los psicoanalistas

buceaban el inconsciente buscando el origen de las diferentes patologías. El Cura en las

clases de psicología nos fue introduciendo en las teorías freudianas. Por ejemplo en

medicina legal la cuestión era bastante simplificada, – demente (alienado) es inimputable,

neurótico a la cárcel-. En general las clases consistían en interrogatorio a internos donde

con suma habilidad, partiendo de un paciente totalmente cuerdo llegaba al punto en el que

afloraba, casi espontáneamente, el delirio. La mayoría de los diagnósticos eran delirio en

retardo mental, así aparecían Eva Perón, Mussolini alguna vez Hitler.

Un día nos llevó a conocer “algo de lo que no se habla”. Fuimos a los fondos del terreno

donde pasamos previamente por unas edificaciones con cuchetas triples de lo más toscas

de madera; lo más parecido a un stalag. En el amplio patio de tierra había cientos de

mujeres dementes deambulado cada una por su lado, con sus caras inexpresivas, una

defecando, casi ninguna hablaba, salvo que lo hiciera con ella misma. Martinez Dalke nos

explicó que eran pacientes que sus familiares las habían abandonado, ya que muchas

podrían convivir con personas sanas si recibían el cuidado que requerían. (Algo parecido

era el Open Door donde los alienados vagaban por el campo, muchos de ellos podrían estar

en sus casas bajo la responsabilidad de sus familiares). TETRICO.

Fue para mí, por lo menos, una experiencia positiva pues poco veíamos de psiquiatría,

solamente en la guardia las clásicas histerias en sus dos variedades convulsiva o

comatosa, nada que no se arreglara con un Ampliactil. Por lo menos en mi radio de acción

actualmente han desaparecido las histéricas reemplazadas por las crisis de pánico.

Siguiendo la secuencia vendría Medicina Preventiva VI (que ahora se ve en varios años

bajo diferentes denominaciones; inicia en primero con Introducción a la Salud Pública) ya

que la teníamos todos los años pero el final de la materia sería en sexto año. Reemplazaría

a Higiene de la UBA (hoy es Salud Pública en dos años) que se cursaba en un año, no tengo

muchos recuerdos de estas cursadas creo que era una vez por semana y vimos algo de

administración hospitalaria, de epidemiología y hasta acá llego. Ganduglia Pirovano fue el

primer director del curso de bioestadística médica en 1957 y funcionario en varias

administraciones.

Medicina legal: profesor Mendez Tronge. El texto era de Nerio Rojas, (un clásico). Era

médico legista y trabajaba en la justicia, creo que en la morgue judicial. Fueron todas clases

teóricas, también contó algunas experiencias, trajo un montón de fotos todas muy

interesantes, suicidios, homicidios etc.

Obstetricia. Titular Roberto Votta. Yo estudié por apuntes y Perez, Baldi y Firpo. Acá me

voy a permitir una digresión personal, no hay nada más emotivo que oír el llanto de un

recién nacido, especialmente si el parto fue complicado. El acto médico de la obstetricia;

colaborar con la obra divina de la creación, Vos lo hiciste, a través de la naturaleza, y yo lo

ayudo a acomodarse en el nuevo y definitivo mundo que le toca vivir. Te transforma en un

colaborador de la generación de la vida, con un poco de orgullo puedo decir que le estás

dando una manito al Señor. También el viejo asunto de las dos vidas pesa y mucho. Creo

que me ha tocado intervenir en todas las especialidades pero los partos siempre fueron

especiales. Cuando vine a estos lares había un pediatra en todo el noroeste, otro que fungía

de pediatra y era generalista trataba la bronquiolitis con Disneal supositorios. Las

primeras neonatologías se iniciaron en la década del  ́60. Actualmente conseguir una

derivación de un prematuro te puede llevar toda la noche hasta que... la intendente

consiga alguna particular a cargo de la intendencia y le sale una pequeña fortunita. Fin de

la digresión.

La cursamos en el desaparecido Salaberry, era un pequeño y viejo hospital que cubría una

extensa zona con mucha pobreza, eso hacía que la cantidad de pacientes fuera inmensa, ya

hablaré de él en su momento, se hacían hasta 10 partos por día. Sin intención de crítica: un

paridero. En la Sala de partos había dos mesas de partos, tuve oportunidad de ayudar a

uno en una camilla en el pasillo pues la sala de partos estaba llena. Se veía mucha

patología. El adjunto era Ernesto Berutti que también tenía una muy buena didáctica. Las

teóricas las daban en el colegio. Todo muy bien organizado. Asistir un parto es un arte y la

experiencia tiene un valor incalculable y eso hizo que hubiera poca investigación

obstétrica, Votta justamente fue uno de los pioneros en ella, que Caldeyro Barcia había

iniciado (en Uruguay) en la década del 60 sobre la fisología de la dinámica uterina. Votta

investigaba sobre “diabetes” y embarazo, endocrinología obstétrica, líquido amniótico,

embarazo prolongado, Chagas y embarazo. Lo seguía un médico joven tipo nerd, peladito,

que de lo único que me acuerdo era que se llamaba Harold. En el servicio había médicos

antiguos de gran experiencia. Creo que estuvo poco tiempo pues ganó la jefatura del

Argerich. Lo volveremos a ver cuándo me toque el internado. Votta fue miembro de

número de la Academia de Medicina Pediatría se cursaba como una especialidad

cualquiera, rápidamente advertí que debería hacerse en por lo menos dos años o en el

doble de tiempo que las otras. El titular era Juan J. Murthag,

El texto (un clásico) Juan Garrahan. Acá cabe una acotación familiar. Al morir mi abuelo,

en su mesa de luz estaba Medicina Infantil de Garrahan. La parte práctica la hacíamos en

el Niños, sala 1 (o 3), cuyo jefe era Luis María Cucullu Rivarola (que nos daba algunos

temas), pero la que mostró toda su capacidad docente y gran entusiasmo fue la Dra.

Fernanda G. de Aramburu, que la volvimos a tener en el Internado Rotatorio. Tengo

entendido que fue la pionera de la hepatología pediátrica. Nuestra compañera Isabel Raffo

Magnasco la acompañó en el equipo que formó e inclusive en algunas publicaciones.

Había en el servicio un residente de apellido judío que se ocupó mucho de nosotros, un

apasionado por la medicina, lamentablemente no recuerdo el apellido. Otra comisión, no

la mía, tuvo como docente a Nochetti Fasolino Jorge de quien decían era un excelente

docente, ambos Murthag y él fueron presidentes de la SAP.

Acá viene una complicación, en la libreta dice medicina III y la firma H. Podestá que figura

como profesor titular, que fue quien intervino en la terna que nos tomó la reválida, (luego

hablaremos de ese tema). Era mi penúltimo examen y me tomó Carlos Sanguinetti en

marzo del  ́66. Me hizo de goma con arritmias. Mi primer y único bochazo. Como

justificación me estaba reponiendo de mi segunda hepatitis, no debía haberlo dado. En

mayo del  ́66 lo di por segunda vez. Esta vez me lo tomó Sanguinetti padre y fue un

examen genial. Lucio me tiró algunas trampitas que sorteé bien, lo que provocó que se

riera. Me desquité, y me saqué 9. Los recuerdos se me han vuelto muy volátiles así que no

hay mucho que decir, no hay que olvidar que la facultad impuso las materias verticales de

modo que volveremos a ver los que nos dieron histología, fisiología y fisiopatología.

Cardiología: nos reencontramos con Bernardo Lozada, todo un docente. Ponía

entusiasmo en sus clases, hicimos unas prácticas en el Instituto Hermenegilda Pombo de

Rodríguez donde funcionaba un instituto de cardiología de la Academia de Medicina en la

calle Coronel Díaz, con el Dr. Franco, también muy buen docente pero sin el énfasis de

Lozada. También en el Rivadavia creo que con Podestá.

Neurología en el Castex o Presidente Perón o Policlínico de San Martín en la actualidad

HIGA Eva Perón. El profesor era Julio Ortiz de Zárate, decano en dos oportunidades de

nuestra facultad, excelente docente donde hicimos una cursada muy buena y vimos las

primeras arteriografías por punción carotídea, o tal vez la primera que vi fue en el Ramos

Mejía cuando se usaba un escamoteador. El estudio con el escamoteador tenía más de

show circense que de práctica médica, pero las placas salían y con eso se hacía diagnóstico.

Neumonología: el profesor titular era también el decano el Dr. Horacio Rodriguez

Castells fue presidente de la Liga Argentina de lucha contra la tuberculosis, miembro de la

Academia Nacional de Medicina y en varias oportunidades Ministro de Salud. A nosotros

como docente muy poco. El profesor asociado era Rovere, no recuerdo el nombre, que nos

dio varias clases y algún práctico en la Liga. También había un médico joven que nos dio

varios temas, no recuerdo el apellido.

Tisiología la cursamos en el Muñiz con el equipo de Luis González Montaner, recuerdo

Oscar Palma Beltrán, José Lestón; por lo menos esos eran los autores de los libros sobre

tuberculosis, después se sumó Matías Martínez. González Montaner fue decano del  ́79 al


 ́88, era un excelente docente. Presidente de la AMA, de la Sociedad Argentina de

tisiología y patología torácica entre otras distinciones. Todo el equipo era muy bueno.

Estudiábamos con un Apunte de rotaprint llamado Tisiología de H. Z. Pagani.

Gastroenrología. La daba Lotti y por lo que me acuerdo fue bastante teórico. Las

teóricas eran muy buenas y ya habíamos visto mucho en Semiología.

Endocrinología volvió a aparecer Amílcar Arguelles que habíamos visto en fisiología y a

Isaac Molosnick. Nos daban en un Instituto Endocrinológico que era oficial. Me acuerdo

que nos mostró un espectrofotómetro de Bekcman con gran orgullo pues era lo último en

laboratorio.

Cirugía II y III tengo escasos recuerdos de estas cursadas. Me acuerdo de haber ido al

Tornú, donde nos dieron algunas clases, también a la Sala de cirugía del Muñiz cuyo jefe

era Zabalza muy buen docente, igualmente fuimos al Hospital Español llevados por Pérez

Elizalde, el jefe era Garacotche muy buen cirujano. Vimos una esplenectomía de un bazo

gigante en un paciente con leucemia linfática crónica, una técnica impecable, pero el

paciente murió a la tarde.

Acá aparece Urología, pues cosa rara no figura en la libreta universitaria que uso de

machete. Creo que fue en 6to. año pero no estoy muy seguro. La dábamos en el Htal de

Lomas de Zamora, Luisa C. de Gandulfo. En aquella época era municipal, actualmente es

provincial HIGA. El profesor era Ricardo Medel del equipo de Miatello y coautor de su

emblemático libro Nefrología. Era un tipo de físico grande y no muy delicado ya que le hizo

pasar algún mal momento a alguna de nuestras compañeras. Hacíamos consultorio, nos

llevaba al quirófano. Algunos de nuestros compañeros contaron que asistieron a una

cirugía en la que se produjo una lesión accidental de vena cava en una nefrectomía por

cáncer que fue bastante espectacular y lo resolvió con mucha destreza. Para mí fue una

buena experiencia tomar el tren todos los días, con los vagones casi vacíos, al contrario de

la masa que entraba en Buenos Aires. El tren es hermoso.

Otra materia que no aparece en mi libreta fue Terapéutica que creo que la cursamos en

5to. La daba Martinez y era muy útil pues unificamos conceptos en el tratamiento de

diferentes enfermedades. Debo reconocer que Martínez era un profesional muy bien

formado y excelente docente. Acá debutó como docente Atilio Barbeito que se mostró muy

bueno. Nos dio hipoglucemiantes orales y tratamiento de la DBT.

TEOLOGIA III: La daba el Padre Álvarez “Alvarito” jesuita, muy progresista, pero un tipo abierto al

diálogo. Como todas las clases de Teología fueron bastante discutidas, era en pleno

Concilio, pero muy interesantes.

11 de mayo de 2026

Juan Manuel Saénz Cavia - "Las Crónicas" vol V

TERCER AÑO

   Fue mi año más complicado. El 2 de febrero fui incorporado al ejército, a la compañía de Servicio y Abastecimiento del Hospital Militar Central Cirujano Mayor Dr. Cosme Argerich. Esta es historia mía, personal y muy aburrida, pero igual la voy a contar. Por suerte no me quedó ninguna materia para marzo así que pude disponer de febrero y marzo para hacer la instrucción militar me ocupaba mañana y tarde y volvía a la nochecita reventado. En abril nos dieron los destinos de modo que podíamos acomodar nuestra vida. En ese momento empezaban las clases.

   Me había encarajinado (perdón ) en no perder el año. Me acomodé muy bien gracias a un amigo de la clase saliente. Fui al servicio de cirugía de mano dependiente de traumatología de Jefes y Oficiales del médico López Barrios, gran tipo si los hay. Lo acompañaba un médico civil, también traumatólogo y también buen tipo, Pigni Garzón. De modo que de 5.50 am ( hora que entraba) hasta 7 am dependíamos de la Compañía. Desde las 7 am hasta las 13 pm estaba en el servicio, de ambo y el trato de enfermero. A las 13 hs nos soltaban a veces hasta el otro día (los menos), pero casi todos los días hasta las 16pm y ahí sí, hasta el otro día. Cada 3 a 5 días de guardia de prevención: 24 horas de soldado.

   Anatomía patológica: El tercer año empezó mal. Croxatto ( jefe de patología del Muñiz, un capo) que era el profesor de anatomía patológica, con el cual nuestros compañeros del año anterior estaban muy contentos, había renunciado. En histo nos dio una clase sobre histología del alvéolo pulmonar, pues él compartía con otros histólogos la teoría de la existencia de un poro (el poro alveolar). Tenía una facha estrafalaria, el delantal no veía el lavarropa desde hacía meses y el bolsillo del pecho gris de tanto sacar y poner la birome. Vino con un discípulo que le hacía funcionar un proyector de diapositivas casero. Lamentablemente cosas que pasaban en la facultad. El año empezado, y sin profesor. A mí me vino muy bien pues era un alivio, una materia menos. Por fin, en junio, apareció Bramendi, patólogo del Registro Nacional de Patología. Tenía 6 meses para dar una materia muy extensa por lo que, no vimos todo el programa. Presenciamos y participamos en varias autopsias, siete u ocho. Beramendi dictaba lo que veía y algún alumno, generalmente Mario Díaz que tenía una letra perfecta tomaba nota. Le gustaba hacer bromas, aprendíamos y nos divertíamos. Teníamos dos ayudantes que eran médicos: Deschamps y Besuchio…que eran también muy didácticos.

   Microbiología: El profesor titular era Casimiro Rechniewki, un bacteriólogo, título que creo no existía más. La bacteriología la hacían los bioquímicos o los médicos. La materia consistía en Microbiología; Parasitología que la dictaba Pedro Garaguso; Inmunología la dictaba Aloise Bachamann, micología y virología.

   Arrancamos con micro. Nos dio algunas teóricas y nunca más lo vimos. Pero esta materia nos preparaba una sorpresa. Alicia Farinati y José María Casellas armaron un laboratorio, en un sucuchito del entrepiso del antiguo internado donde cabían cómodamente 10 microscopios, estufas y todas los demás elementos para un laboratorio de microbiología. Ellos habían confeccionado una guía de trabajos prácticos en la que estaba todo lo que necesitábamos desde el Gram hasta el Ziehl Nielseen, siembras, cultivos en medio líquido, placa, hasta reacciones químicas para identificar el germen. Cuando les contaba a mis colegas que nosotros en la facultad sembrábamos, identificabas gérmenes, detectábamos TBC no lo podían creer. El nivel académico era de lo mejor.

   Teníamos prácticos semanales. Como ya comenté, Alicia hizo toda la carrera en la facultad hasta Profesora Emérita.

   Parasitología: La daba Pedro Garaguso, parasitólogo de la Casa Cuna. La dábamos en una especie de salón separado del resto del edificio donde tenía el laboratorio y un aula exclusiva para él. Era el día lunes toda la mañana, (me acuerdo bien pues mi jefe en el Hospital Militar me daba permiso para salir toda la mañana con tal de estar para las 13 horas que era la formación). Era un investigador, y en ese momento, estaba, entre otras cosas, con la toxoplasmosis que era una novedad. Derecho como una tabla tanto física como moralmente. Si se enteraba que estudiabas por el libro de Rey Millares te “mataba” pues decía que era una copia del texto anterior de Greenway y era verdad (hasta el ilustrador Ramón Rey era el mismo). Algo pasó en la UBA durante el primer gobierno de Perón pues Millares escribió el libro en 1948 y a Greenway creo que le pasó lo mismo que a Houssay.

   Volviendo a la cátedra, Garaguso era muy buen docente, aunque algo excéntrico, tenía un laboratorio completísimo y nos creó conciencia de la importancia de la parasitología. Un día lo trajo a Llambías, un cirujano pediátrico de nota (jefe de servicio) para hablarnos de hidatidosis. En esa época Garaguso estaba experimentando también con lo que él llamaba “tratamiento biológico de la hidatidosis” basado en inmunología para quistes inoperables. Consultado sobre el tema Llambías, en tono de broma dijo “los engorda”. Garaguso le siguió la chanza. El primer parcial nos entregó una hoja con 150 preguntas (me acuerdo el alboroto), Miguel Hoffmann terminó primero, en más o menos una hora, yo segundo, siempre apurado para faltar lo menos posible al servicio.

   Farmacología: Lo tuvimos a Matías Martínez. (Voy a hacer un esfuerzo para ser lo más parcial posible.) Materia árida y difícil si se quiere. Lógicamente las clases eran teóricas, estudiábamos por Litter. Sigo con Martínez, era médico del Tornu, creo que especializado en tisiología. Realmente el titular era Ochoa un farmacólogo que fue también titular de la UBA, ahora jubilado, y Martínez era su discípulo. Lo vimos pocas veces casi únicamente en los exámenes y era un tipo muy justo. Martínez era muy didacta y explicaba muy bien, era muy exigente y no iba a obtener un premio a la simpatía. No ocultaba su antipatía por las llamadas por Leonardi, parejitas científicas (es decir compañeros y novios). Estábamos de novios con Susana desde el inicio de 2° año y no ocultó su antipatía desde el inicio de clases. A Susana se cansó de bocharla. Fue una de las causas por las que abandonó la carrera. Yo estaba en la colimba y cuando comenzaron las clases, me di cuenta que cuando iniciara anatomía patológica no iba a poder con las 3 materias entonces decidí dejar para hacerla junto con 4° así que lo que cuento ahora pertenece al año ´63 Ya que la materia la cursé con la 5a. promoción. Voy a contar mi examen final. Tomaban separado Ochoa y Martínez cada uno a un alumno para ir más rápido, y yo tuve la suerte de que me tocara con Ochoa. Martínez liquidó rápidamente al compañero al que estaba tomando y corrió su silla, se sentó al lado del titular para compartir la toma de mi examen. Apenas terminé el tema que me había tomado Ochoa, que no recuerdo que era, pero lo había sorteado bien, Martínez tomó el comando de mi examen y en seco me lanzó: “estimulantes y sustitutivos de la secreción gástrica”. (4 carillas de las 1500 hojas que tenía Litter). Cualquiera que haya cursado farmacología se hubiera dado cuenta que era un dardo envenenado,… pero yo lo había estudiado y empecé a escupir amargos, ácido clorhídrico, pepsina, etc. Ochoa que debe haber sospechado cierta antipatía cortó el examen y lo dio por terminado. Modestia aparte el examen fue muy bueno…pero me puso un 5.

   Un compañero que en ese momento estaba en “capilla” me comentó: “¡cómo te tiró a matar Martinez!” Lo juro, fue la única vez en mi extensa cadena de exámenes primarios, secundarios y universitarios que tuve la absoluta seguridad que querían bocharme… con Susana lo consiguió. Los sigo aburriendo…como yo esto lo presentía, fármaco la cursé con las de 4° y dejé pasar todos los turnos de noviembre y diciembre y la di sola en este mes, es decir todo noviembre y lo que quedó de diciembre del ´63 la preparé en forma exclusiva.

Tengo entendido que Martínez hizo una gran carrera docente pues creo llegó a decano.

   Otro tema fue Anatomía patológica. Llegaba junio y no pasaba nada, un día llegó la noticia “tenemos profesor de ana pato”. El profesor era José María Beramendi, patólogo del Registro Nacional de Patología que funcionaba al lado del Instituto de Gastroenterología Bonorino Udaondo. El Director era Brachetto Braian, profesor de la UBA y tenía escrita (por lo menos) una guía de trabajos prácticos. Quedaba en Parque Patricios frente a la plaza de la peste, en realidad se llama parque Ameghino y tiene un monumento a los caídos asistiendo a pacientes con fiebre amarilla. Del otro lado estaba el Muñiz, y al lado, la cárcel de Caseros. Lo asistían como ayudantes los Drs Deschans, joven gordito, simpático que se comía las eses y decía “occila” y explicaba muy bien. Cuando hice el internado en Clínica, era patólogo en el Ramos Mejía. Llegó a ser profesor titular de la UBA. El otro, Santiago Besuschio era serio, siempre vestía de oscuro y también muy buen docente. Nos daban la microscopía, porque ya había sido superada por las diapositivas. También algunas teóricas. Las autopsias, habremos hecho 5 ó 6, con Beramendi. Cuando llegábamos estaba el bloque en la bandeja y él dictaba los hallazgos a alguno de los compañeros, que generalmente era Mario Díaz, porque tenía muy buena letra y le seguía las bromas, pues siempre hacía chistes. Estaba muy entusiasmado con la “degeneración fibrinoide del colágeno”, algo que mucho no entendíamos. El último docente era Alberto Mieres, patólogo de la Casa Cuna, veterinario primero y posteriormente médico. Con él vimos varias autopsias de niños, era sordo y ceceoso, sabía muchísimo y explicaba muy bien, pero no le gustaba que le gritaran, hacía comentarios jocosos no médicos, como por ejemplo “si supieran como se hacen las salchichas no las volverían a comer”.

   Reemplazó como titular a Beramendi cuando un desgraciado accidente le quitó a éste la vida. El resultado fue regular, por supuesto no terminamos el programa, pero vimos mucho. El repaso de un parcial nos los dio el encargado del museo que conocía las piezas de memoria. Hablando con un colega recibido en La Plata se asombró que hubiéramos presenciado autopsias pues él no había visto ninguna.

   Del ciclo humanista teníamos Ética, que nos la dictaba el P. López Jordán S.J. Era un jesuita con formación y muy buen docente. Nos dió un curso muy bueno. De gesto adusto, se prestaba al diálogo y era muy ameno. Recuerdo una charla que tuvimos con él con Susana. Le ayudé muchas veces a ir a Misa, y era llamativo el fervor con que la rezaba. Fue el representante de La Nación, diario en Roma durante el concilio y un gran defensor de los judíos de las críticas que recibían pues negaba que fueran tratados de deicidas.

   Psicología III: tengo la libreta firmada por el P. Pedro Moyano S.J. pero no recuerdo ni siquiera de haberlo conocido, una gran laguna. Era decano de la facultad de psicología. No sé dónde hacer entrar a Rodríguez Amenabar y probablemente sea acá. Había sido un avanzado seminarista de los jesuitas, había salido y era psicólogo. Un tipo maduro y muy ameno. Muy buen didacta. Recuerdo una interpretación psicoanalítica que hizo del tango de Gardel “Mi noche triste” y entre las explicaciones, el sentido psicoanalítico de – la guitarra del ropero todavía está colgada – serían los genitales del protagonista al faltarle la “mina” y no tener relaciones sexuales.

   Bioestadística: nuevamente con Martínez Prieto, cálculo de probabilidades, campana de Gauss, desvío estándar, diferencia significativa que es lo que más se usa en investigación médica. Aburrido, difícil, pero creo que llegamos a comprender un trabajo estadístico.

   Otra experiencia que tuvimos ese año y que había olvidado y, que se habló extensamente en el grupo WS, fue el incendio. Ocurrió cuando anochecía y se inició en el sector medio que da a la calle Lavalle, sin llegar a la parte donde funcionaba la facultad. Alicia Farinati cuenta que con German Armesto y Jorge Mércuri fueron a la terraza a correr las jaulas donde estaban los perros de fisiología hacia la zona que da a la calle Rio Bamba para que no los alcanzara el fuego. También rescataron los microscopios. Susana y yo salimos por la Iglesia y nos siguieron un grupo importante de estudiantes, pues la salida de Callao y el patio de las palmeras estaba atiborrado de gente.

   Evidentemente el Colegio no estaba preparado para una rápida evacuación. En principio parecía que el fuego iba causar un desastre (me acuerdo la desazón que sentí, pues el fuego consumía una parte muy importante de mi vida) pero afortunadamente fue controlado y se limitó a un grupo de aulas en la parte que se había iniciado.

CUARTO AÑO

   Año bisagra. Entramos en los hospitales a ver enfermos, por fin comenzaba el motivo de nuestra vocación. Cabe hacer una aclaración, cuarto año era el inicio de las patologías: Interna se transformó en Medicina I (semiología) y medicina II y III las distintas especialidades clínicas. Patología externa eran las Cirugías: I (técnica quirúrgica) y II Y III el resto de las patologías. En mis cinco meses de colimba, cuatro había trabajado como ya dije en el Servicio de Cirugía de la mano de modo que había asistido al consultorio, a cirugías, también había hecho anestesias infiltrativas y tronculares en la raíz de dedo pero algo muy limitado.

   Semiología sería el eje de nuestro aprendizaje médico y la suerte nos puso en la Sala 1 del Ramos Mejía cuyo jefe y profesor era Lucio Sanguinetti. Se me hace difícil, ahora sesenta años después, buscar las palabras para explicarlo. Sanguinetti pese a ser apurado, casi diría atropellado en su accionar con una parla rápida, que salteaba sílabas, transmitía sus extensos conocimientos acompañados de su ojo clínico, estupendamente. Eran tres salas, dos grandes (hombres y mujeres) y una chica (hombres) dividida al medio donde funcionaba el aula. Tenía servicio propio de radiología que había donado LALCEC y se hacían seriadas, en aquella época lo más avanzado en diagnóstico digestivo, laboratorio con diagnóstico por fotocolorímetro que manejaba la Dra Sobron y una pantalla fluoroscópica con la que hacíamos radioscopia. Endoscopía con esofagoscopio y rectoscopio rígido y un gastroscopio semirígido todo una novedad en ese tiempo. Íbamos de lunes a sábado de 8 a 12 hs. Nos separaban en comisiones de 6 ó 7 estudiantes a cargo de un médico de la sala y veíamos pacientes, después un descanso, luego una clase teórica, y nuevamente práctico. Eran 24 horas semanales. Digno de recordarlo fue que hablaron con el capellán y accedió a darnos la comunión fuera de la misa todos los días en el rato de descanso. Éramos unos cuantos los que comulgábamos. Volviendo a la materia todo estaba orientado a la semiología y diagnóstico por imágenes, aunque a veces los docentes se extendían un poco y nos daban algo de su especialidad lo que disfrutábamos mucho. Todos eran clínicos pero estaban orientados a especialidades.

   Estudiábamos con la Biblioteca de Semiología de Padilla y Cossio, aunque secreciones internas recomendaban a Stafieri. Teníamos parciales al concluir cada aparato o sistema. Lo novedoso fue que algunos compañeros de los de la promoción anterior (recuerdo a Atilio Barbeito, Raúl Mango) y otros que ya cursaban 5° y tenían semio aprobada, entraron a la Guardia Médica como existía antiguamente: un practicante mayor, dos practicantes menores, adscriptos y concurrentes. El que entraba último era el “último perro” y hacía todos los trabajos desagradables. Era una guardia muy particular, donde no admitían mujeres y los manteos eran feroces, digamos a la vieja escuela. De la promoción anterior estaba Atilio Barbeito y creo que Carlos Vermal, de la nuestra Lolo Rodríguez, José M Ceriani. Estas guardias de las que ya hablaré más adelante eran muy importantes para nuestra formación pues nos ponían en contactos con consultorios externos, una de las falencias de nuestra facultad, y tenían acceso a patologías agudas y sus eventuales resoluciones.

   Recuerdo algunos de los médicos del staff de la sala: Carlos Bradley, Carlos Sanguinetti, Luis Shapira (más tarde profesor de clínica médica en nuestra facultad). Juan C. Bacaro, Ángel Centeno, Bendito, López Fresco. Muy importante fue que nos enseñaron también el trato con el paciente, que dejó de ser un número de cama o una enfermedad, pues hay que respetarlos en su dignidad humana, al fin y al cabo es un hombre que sufre. Y lo otro muy importante relacionado con el diagnóstico “no hay enfermedades, sino enfermos". Por supuesto que a esto hubo excepciones, pero fueron eso, excepciones. Cuando aprobé me metí en una guardia, todo lo contrario de la que describí. El jefe era un cirujano, Etchebarne muy serio, del mayor no me acuerdo el nombre y tenía inclinación por la obstetricia y había retrasado su graduación, 2 ó 3 años, quería seguir en la guardia, porque automáticamente cuando te recibías dejabas de ser practicante. Este fenómeno no era muy infrecuente pues la guardia era atrapante. De los menores uno era Dal Bo que se la tenía creída, (fue parte del equipo que reformó sabiamente la medicina pública de Rio Negro) la otra era una chica que se orientaba a la pediatría, era muy didáctica y nos enseñó muchas cosas. Recuerdo que tenía una libreta donde anotaba todo lo que le parecía de interés, costumbre que yo después adopte. Entré junto con Artusi de la UBA de 4/5 año y sobrino del médico asistente o agregado (desconozco los cargos) por eso teníamos un Artusi y un Artusito. Estuve los tres meses de verano y en marzo me agarró una hepatitis por lo que abandoné cuando iniciaron las clases.

   Cirugia I, técnica quirúrgica, venía un equipo de varios cirujanos el profesor se llamaba Galarce y Di Salvo fungía como adjunto. Nos dieron algunas teóricas e intentaron hacer una apendicetomía en un cadáver, cosa que fue imposible pues esos cadáveres formolizados parecían de cartón e imposibilitaban las maniobras. Usábamos un libro (2 tomos) “Técnica quirúrgica de Christmann, Ottolenghi, Raffo y Von Grolman”.

   La otra novedad de 4° fue fisiopatología que la veíamos como materia aparte. En las clases de semio ya habíamos visto extensamente la “fisiología del síntoma”, los grandes síndromes: cianosis, edema, reflujo gastroesofágico, hubo superposiciones pero nos vinieron muy bien pues nos agilizó en la comprensión de temas fundamentales. Las materias las desarrollaban los mismos que nos habían dado fisiología y después los repetiríamos en clínica.

Del ciclo de medicina preventiva no tengo recuerdos.

   Del ciclo humanista vimos Teología I con el padre Jacinto Luzzi. Fue el año que se inició el Concilio Vaticano II. Se había abierto un fuerte debate dentro de la Iglesia, por los anticonceptivos orales, todavía no se había publicado la Humanae Vitae, recién lo haría Paulo VI en 1968. Algunos grupos católicos amparados en la no definición los indicaban. “Todo lo que no está expresamente prohibido está permitido” vs “todo lo que no está expresamente permitido está prohibido”. Las clases eran amenas y tocamos algunos temas, recuerdo el pelagianismo y el pseudopelagiansmo, oración y acción. Se perfilaban diferencias entre los que querían los cambios, progresistas y los que se resistían al cambio, tradicionalistas. Las discusiones a veces se ponían bravas. Me atrevo a una opinión personal, había una fiebre de que todo lo nuevo era bueno.